Ana Mª Forero y Alba Sánchez siguen las pistas de Eugenia Rico

  • Los cambios de personalidad y la figura del padre, claves de las historias ganadoras en el II Certamen de Relatos Cortos convocado por Ayuntamiento y 'Diario de Cádiz'

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"A todo el mundo le gustaba disfrazarse. Por eso, aquel mes de febrero mis amigos y yo estábamos especialmente excitados por el plan que habíamos fraguado con detalle en una mesa pringosa de la taberna de Faustino. Dicen que los universitarios de ahora somos gente alienada, sin imaginación ni iniciativas, pero yo me considero, me consideraba quiero decir, una brillante excepción. No quisiera pecar de vanidoso, pero siempre tuve ideas geniales que poner en práctica. Y gente dispuesta a secundarlas. Me tenía por guapo, era un músico virtuoso y un charlatán ocurrente. Aquel mes de febrero la vida me sonreía y con este ánimo planeaba la gamberrada más original del año que sería comentada, y elogiada, por toda la comunidad estudiantil y, con suerte, por algunos de los profesores más 'progres' de la Facultad. Se trataba de asaltar la tienda de disfraces del callejón de los Gatos, llegar de madrugada, elegir el disfraz y pasearse por la ciudad en la noche grande del Carnaval. El plan contemplaba que, al amanecer, se devolvieran los disfraces a su legítimo dueño. De esta forma pasaríamos una noche loca siendo otros: hombres-lobo, vampiros, enanas, mujeres barbudas… ¡y todo gratis! Los disfraces de aquella tienda tenían fama en la ciudad. Transformaban radicalmente a los que los lucían, de tal forma que nadie era capaz de reconocerlos, como si en vez de tejidos, fueran una especie de segunda piel que se adhería a la propia, influyendo incluso en el carácter de los portadores, quienes se volvían audaces si antes eran tímidos o adoptaban una actitud huidiza si antes habían sido extrovertidos y alegres. Tal era la fama de aquel sitio que nos pareció el objetivo más deseable.

Por la tarde, la hermosa Marina estuvo rondando la tienda del callejón. Vio cómo el dueño, un hombrecillo insignificante, cerraba la baraja y colocaba torpemente un candado oxidado en la argolla que brotaba del suelo. Yo odiaba a ese hombre, sin saber exactamente por qué. No me gustaban sus manos velludas, mortificadas por la artrosis, ni sus piernas flacas que apenas lo sostenían los días de viento cuando, al fondo del callejón, los papeles bailaban como derviches para ensartarse luego en la baraja metálica, como si fueran exvotos en un altar milagrero.

El plan era perfecto. En el callejón, ya no vivía nadie desde que el caballo que envejecía en una de las cocheras apareció muerto una mañana de enero. Ni siquiera había un canario en los balcones polvorientos, y la ausencia de bombonas de butano o macetas de geranios eran prueba evidente de la soledad de aquel lugar. Sólo unos gatos, unos gatos ratos con cara casi humana, rondaban serviles al hombrecillo, como si le suplicaran algo.

Cuando la noche pintó de carboncillo las fachadas y empezaron a oírse los ruidos de la juerga en las calles del casco viejo, nos sumergimos en el callejón, excitados, exagerando el sigilo como los mimos. Yo rompí de un golpe certero el cierre de la baraja y entramos a empujones, animados por el ron y la clandestinidad. La hermosa Marina eligió un disfraz de mujer barbuda que la convirtió de inmediato en un ser repulsivo, Félix, el más tímido, se convirtió en un melancólico hombre lobo y tarareaba los mejores blues de Eric Clapton mientras se asomaba a la ventana buscando un guiño de la luna. El fornido Martín, cuyos músculos eran admirados por todos los escuálidos, se transformó en un altísimo fantoche cuya cabeza chocó con el dintel de la puerta cuando intentó salir. Yo no sabía si decidirme por el disfraz de enano o por el de ogro y miraba el siniestro espejo del fondo del local con cierta aversión. En esas estábamos, riéndonos los unos de otros y algo sorprendidos por el efecto hiperrealista de aquellas ropas, cuando oímos un ruido en el callejón. Apagamos apresuradamente las luces e intentamos salir todos a la vez, lo que provocó inmediatamente el pánico. En medio de la confusión, me agaché para recuperar del suelo a la mujer barbuda, y cuando levanté la cabeza, un golpe rotundo me ennegreció la noche que apenas había alcanzado a atisbar más allá de la puerta.

Cuando me desperté, noté las sábanas frías y la habitación más oscura. Corrí al baño para aliviar la batukada que sonaba en mi cabeza y no lo encontré en su sitio. Pero un pequeño espejo que alguien había puesto sobre la mesilla de noche me partió el alma en pedazos. Frente a mí estaba el hombrecillo insignificante de manos sarmentosas. Yo tenía su cara. Si gritaba, lo hacía con su voz de trompeta desafinada. Me pregunté: ¿cómo voy a tocar el piano con estas manos? Pero… ¿dónde está mi piano?, ¿dónde están mi portátil y mi MP4?, ¿y mi estupenda ropa de marca? Sobre todo, ¿dónde estoy yo?, ¿quién soy ahora? Cuando miré alrededor me vi rodeado de perchas y caretas, de postizos y de gatos que maullaban armónicamente. Y al fin lo comprendí: yo soy él, pensé. Soy el hombrecillo o, al menos, tengo su aspecto, su despreciable aspecto. Pero entonces… ¡en mi cuerpo debe estar él! El reirá con mis amigos en la cantina, él se paseará ufano por la Facultad y besará a la hermosa Marina, disfrutando de su piel aromática… ¿qué he hecho para ser castigado?, ¿por qué a mí? Yo soy una buena persona luego, ¿quién puede ser tan malvado como para hacerme esto?

Yo sólo quería ser otro por una noche. Solamente una noche".

"Cuando mi cerebro procesó la imagen que reflejaba el espejo, no daba crédito de ello… Mis manos, mi cara, mi pelo… eran las suyas; sus manos arrugadas y peludas, su peculiar bigote y su siempre brillante cabello… Estuve varios minutos, no sé si horas, frente aquel espejo, hasta que vi oportuno despertar de ese estado de ensoñación. Miré a la izquierda, a la derecha, a mi alrededor… sin duda era ella, mi casa… Pude apreciar que el despertador situado en la vieja mesa de madera marcaba las tres de la mañana, a su lado, dormida, estaba mi madre; me acerqué a la cama y me arrodillé ante ella, observé atentamente cómo un mechón suyo se movía al compás de su respiración…. Se veía tan pequeña acurrucada en la cama… cualquiera la confundiría con una niña, por su pequeña estatura, si no fuera por sus marcados signos de expresión. De nuevo dejé de ensimismarme, esta vez por el continuo ruido de las termitas de la mesa. Sin duda alguna, volvía a estar en aquel lugar del que hace sesenta y cinco años escapé, pero esta vez, en el cuerpo de la persona de la que huí.

Inconscientemente, mi mirada se cruzó con una foto mía de cuando me regalaron por primera vez un piano. Fue a los tres años, y era de los más baratos, de plástico, defectuoso… quién diría que luego…

Mi madre bostezó y me levanté sin apenas hacer ruido. Me dirigí a la que había sido una vez mi habitación, allí estaba yo, dormido… entonces me di cuenta del día que era… Aquel niño no dormía, tan sólo cerraba los ojos, estaba vestido bajo las sábanas, con la maleta hecha bajo la cama y un fajo de billetes en la mano. De pronto, comencé a acercarme a la figura del niño hasta besarle de la forma más tierna y dulce que jamás pudiera imaginar; fue algo que no hice, fue algo que sentí… simplemente, sucedió… Recuerdo aquel día como si de ayer se tratara, pero ese beso, ese beso… quizá nunca quise recordarlo…

Volví a la habitación y comencé a buscar y trapichear entre papeles hasta coger uno roto y rasgado. Sentí cómo la humedad de una lágrima recorría su mejilla hasta caer en aquel folio… Era una carta del conservatorio en el que quería terminar mis estudios, mi padre me había dicho el día anterior que no me dejaba ir allí… Me mintió, ni siquiera me aceptaron porque el sueldo de mi padre no garantizaba que pudiera pagarlo todos los meses; en ese momento, me sentí no sólo el hombre más alto del mundo, sino el más…. Pensar que, a unos metros, me estaba marchando de una casa a la que nunca más volvería… que no volvería por creer que mi padre era un vampiro sin corazón, sin sueño, sin hambre, frío y duro. Sí, así lo veía: egoísta y desconfiado como un gato… ¡Qué ciego! El prefirió mentirme y hacer que lo odiara para no romperme el corazón, para no quitarme mi único sueño e ilusión…

Una tristeza incontenible, una impotencia devastadora invadieron mi pecho y lo sujeté con mis manos y lo apreté fuerte, y volví a sentir el suave tacto de mis manos, giré, miré, y el espejo me devolvió la imagen de una habitación vacía, en la que tan sólo un hombre viejo se reflejaba, un hombre viejo y un gran piano a su espalda…

¿Fue verdad?, ¿qué fue? Desconcierto, dudas que quedaron de este… ¿sueño?... Interminables horas de reflexión y horas enteras sin dormir. Hubiera dado lo que fuera en ese momento por no haber vuelto al cuerpo de mi padre sino al mío, al de aquel niño; quizás no hubiese escapado, quizás no hubiera viajado al extranjero ni aprendido todo lo que sé, ni sería la persona que soy… quizás hubiera estado junto a mi padre el día que murió… quizás ahora, en ese espejo, no me vería solo… espero entonces que mi cuento no gane".

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