Cultura

Felicidad en las simples cosas

  • Alberto Cortez hace gala de voz y vida en su cita de anoche con el Gran Teatro Falla

  • El septuagenario cantautor repasó con Cádiz su cancionero

El cantautor argentino Alberto Cortez, ayer en el Gran Teatro Falla. El cantautor argentino Alberto Cortez, ayer en el Gran Teatro Falla.

El cantautor argentino Alberto Cortez, ayer en el Gran Teatro Falla. / lourdes de vicente

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Un piano, unas notas cálidas, un puñado de canciones y kilómetros de vida. Una butaca. Un micrófono. Voz y vida. Alberto Cortez o la grandeza de las simples cosas. Sería otra manera de titular este pequeño resumen sobre la cita que anoche mantuvo el septuagenario cantautor argentino con el Gran Teatro Falla donde repasó los temas más emblemáticos de su cancionero.

Porque el gran cantautor de las cosas simples hizo gala de su apodo durante unahora y media de concierto en el que no hubo sitio para el artificio. Tan natural como sus pequeños agujeros de memoria o como la costosa movilidad de sus piernas de unos años a este momento, Cortez con unas pocas intervenciones habladas, un par de poemas recitados y un extenso artesanal de atemporales canciones conectó con su público al igual que 40 años atrás.

Los bravos y los oles se iban alternando desde palcos y patio de butacas como muestra del inmenso cariño que despierta en sus aficionados el artista al queno le faltaron voz y matices, souso permitiéndose la a capella final en Cuando un amigo se va.

A su público gaditano "tan especial", "tan querido", con el que se siente "en casa", saludó con A mis amigos, toda una declaración de intenciones del espíritu de una noche que prosiguió con Te llegará una rosa y Distancia.

Entre amigos estaba Cortez que perdonaron todo, que leyera las letras de sus canciones (un secreto que el propio cantautor confesó apurado, "pero al fin y al cabo las he escrito todas yo, ¿no?", reía), que le asaltaran ciertos lapsus de memoria en su tonalidad o en detalles de alguna anécdota (Guatemala, le chivaron, al recordar el país donde su amigo Facundo Cabral recibiera aquellos dos balazos de hielo que le secaron la voz) o que se le fuera un momento, incluso, el nombre del exquisito pianista con el que compartió escena y complicidad, Fernando Badía.

Cómo no perdonar a Alberto Cortez que les dio la felicidad con esa manera tan grande de cantarle a las cosas sencillas a corazón abierto. No hay incitación a que el público aplauda, o cante o palmee, no hay afectación en sus elegantes maneras, no hay manidos mecanismos para punzar la emoción... Qué va... Si se emociona es porque de verdad lo sintió, porque es capaz de reconocer las escenas concretas del viejo album de fotos en el que se convierte para el aficionado el cancionero de un longevo artista.

Por eso su público coreó sin que nadie se lo indicara implícita o explícitamente No soy de aquí o la aclamada Castillos en el aire; y riera con algunas de las ocurrencias que encierran las, lamentablemente, vigentes Los ejecutivos o Instrucciones para ser un pequeño burgués.

Callejero, Como el primer día, A partir de mañana, La vida, Qué maravilla Goyo, y esa auténtica maravilla a los tres Pablos de la cultura que murieron el mismo año, Eran tres (Neruda, Picasso y Casals) se iban desprendiendo desde su cuerpo encajado en la butaca que sólo abandonaría en las postrimerías del recital, y con ayuda, para dar las gracias al respetable.

No puede andar con soltura, pero todavía puede volar. Puede volar Cortez haciendo canciones con los poetas -Tantas veces me mataron (María Elena Waslh), Retrato (Antonio Machado)- y haciendo poemas de sus canciones -Soy un ser humano, En la muerte de Facundo Cabral- Y haciendo felices a las parejas de cabezas canas que salían del Falla de la mano.

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