Fantasma del ayer

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Autor: Enrique Jardiel Poncela. Guión: Larry Cohen, Joseph Tura. Director: Juan Carlos Pérez de la Fuente. Intérpretes: Chete Lera, Soledad Mallol, Jacobo Dicenta, Carolina Lapausa, Luis Perezagua, Zorión Eguileor, Carmen Arévalo, Daniel Huarte, Paco Blázquez, Samuel Señas, Ana del Arco, Sara Rivero. Lugar y día: Gran Teatro Falla, 16 de abril.

Jardiel Poncela pertenece a la llamada "otra generación del 27", dominada por los dramaturgos antes que por los poetas. Mientras Alberti y demás ponían patas arriba los versos españoles, Mihura, López Rubio, Neville, Tono y compañía renovaban los escenarios con su humor absurdo. La valoración de este grupo ha sido desigual, entre la admiración y el desprecio a partes iguales, a lo que no ha sido ajeno la politización que es uno de los males endémicos españoles. El caso es que estos otros "27" han sido muy mal comprendidos. Sus grandes referentes, Jardiel y Mihura, eran en el fondo personajes muy tristes que hicieron una obra muy pesimista sobre la condición humana. Muchos de sus voceadores los jalean, pero a la hora de ponerlos en escena se quedan en su brillante superficie y no ahondan en los claroscuros que anidan en sus textos.

Además, puede que el teatro de Jardiel haya envejecido peor que sus magníficas novelas. Pero Angelina o el honor de un brigadier se mantiene mejor que su otra obra de referencia, Usted tiene ojos de mujer fatal. Uno no puede dejar de pensar que el escritor tenía en mente El Don Mendo de Muñoz Seca, verdadero patriarca de este grupo. Si el portuense arremetía contra los dramones románticos a lo Duque de Rivas, Jardiel toma como blanco de su parodia los melodramas burgueses decimonónicos, aunque al final no puede resistir la tentación de meter cementerios y aparecidos. El que figure también un seductor arrepentido y una doncella a toda costa hace pensar el en Tenorio. De hecho, un sutil motivo pintado en una de las sillas remite directamente a Don Juan y Doña Inés. Este juego de referencias le da consistencia al texto, escrito también en gozosos ripios, en una historia que de burla del honor pero que acaba convirtiéndose en un exponente de la verdadera temática de Jardiel, que recorre toda su obra: las tonterías que podemos hacer por amor, con la dolorida misoginia de la que hacía gala el autor.

Juan Carlos Pérez de la Fuente hace una interesante versión del texto, con un justo punto de parodia dentro de la parodia que no ahoga la obra, y que refuerza su visionado en este escéptico siglo XXI, con agilidad y frescura y con un reparto muy entonado, aunque por una vez los jóvenes parecieron entender mejor la jugada que los mayores -pero hay que destacar a una Soledad Mallol que demuestra que sabe salir de ese agujero negro llamado Escenas de matrimonio- y con momentos brillantes como el duelo en el cementerio, con su tapia abatible. Pero más allá de esto había mucha intencionalidad en el montaje, con el uso de linternas o las suaves transiciones entre escenas, que de daba a todo un sutil y elegante aire fantasmagórico, como de un mundo que ya no será. Referido tanto a los personajes como a la propia obra de Jardiel.

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