Esplá, catedrático adiós en Las Ventas

  • El alicantino corta dos orejas y sale a hombros · Sebastián Castella, impasible como un artificiero, falla con la espada · Morante de la Puebla, muy esperado, con un pésimo lote, es despedido con pitos

Luis Francisco Esplá, que el año pasado afirmó que no volvería a pisar Las Ventas tras una actuación desafortunada que le recriminó el público, se arrepintió e hizo ayer su último paseíllo en una plaza en la que ha sido uno de sus toreros predilectos y ha sumado la escalofriante cifra de 86 actuaciones, con cinco salidas a hombros. El diestro alicantino, quien en su día desempolvó suertes antiguas, extrajo de su esportón una tauromaquia impregnada de solera en una de las actuaciones más redondas de su carrera, despidiéndose de la cátedra como un auténtico catedrático en tauromaquia. El misterio del arte y la emoción estalló en su último toro, el cuarto del encierro, tan descomunal como nobilísimo: 620 kilos de boyantía. La lección consistió en un toreo con naturalidad, reposado, armonioso, con las plantas muy asentadas y ese regusto de lo añejo, respirando torería por todos los poros de su piel. Ese gusto y regusto inundó de inmediato los tendidos, que se entregaron con toda justicia. Preámbulo de tres muletazos junto a tablas. Luego, en los tercios, el esplendor. Con la diestra, la primera serie fue profunda e intensa. La siguiente, bañada en ligazón. Y otra más con la sal de un pase del desprecio. Si toreó bien con la derecha, con la izquierda, los naturales fueron puro almíbar. La primera serie, acompañando con la cintura la embestida, fue sensacional. Y, como compendio de su tauromaquia, intercaló varios adornos en el toreo fundamental, como un luminoso cambio de mano, una crujiente trincherilla o un afarolado asombroso. En su línea, no quiso ser tacaño y envidó muy fuerte, como pocos matadores se atreven: estocada recibiendo. El verduguillo amenazó el gran premio de las dos orejas, que fueron concedidas, tras dos golpes. El alicantino rubricó su despedida con honores al gran Beato, para el que pidió la beatificación al propio presidente, solicitando su vuelta al ruedo en el arrastre, que concedió el usía. La ovación no paraba, pura lava descendiendo por los tendidos, que llegaba hasta el semblante de Luis Francisco Esplá, horadando una sonrisa de satisfacción, entre tanto el torero, con galanura, ovacionaba al último toro de su carrera en Madrid al pasar junto a él ¡Qué hermoso! ¡Qué cierre más brillante de una carrera brillante! El veterano maestro, con el manejable primero, que brindó al director teatral Gustavo Perez Puig, intentó faena en los tercios para evitar el viento. Esplá también dejó apuntes de uno de sus fuertes, las banderillas, que pendrió a sus toros con facilidad y sin vender la mercancía.

Sebastián Castella metió miedo al miedo. Impasible como un artificiero, se jugó la vida sin trampa ni cartón en los medios ante un lote peligroso, en medio de un vendaval. Con el tercero, un animal que se colaba con mucho peligro, comenzó su faena sentado en el estribo. De ahí se fue de inmediato al platillo y, en medio de un huracán, intentó torear, sufriendo varias coladas de infarto. La angustia continuó ante el bronco quinto. Comienzo de faena volcánico, con dos muletazos por la espalda, dos derechazos y un pase de desprecio, que hicieron estallar una ovación. Por ambos pitones tragó lo indecible entre tarascadas y miradas del toro, al que el francés hizo frente con verdad. En ambos casos, erró con la espada.

Morante se las vio con un mal lote. Muy esperado, fue despedido con pitos. Pasó las de Caín con su primer toro, que desarrolló sentido, tras quedar crudo por el capricho del presidente, que cambió por su cuenta el tercio. El de La Puebla brindó su segunda faena a Esplá. Labor sin historia con un toro parado y sin franqueza.

El viento se coló como gorrón en esta plaza que ya debería tener una cubierta. Eolo, el mayor enemigo de los toreros, se hizo presente desde el comienzo del espectáculo. Ya en el paseíllo dijo: -"¡Aquí estoy yo!" y levantó las esclavinas de los capotes de paseo, dando con ellas sendas bofetadas a los toreros. Ese viento sopló en una tarde histórica, en la que otro elemento, éste sobrenatural, la inspiración, insufló a un veterano torero, a un Esplá que tocó la gloria en su despedida de Madrid. Un Esplá al que el público ovacionó al romperse el paseíllo y le acompañó de manera multitudinaria en su salida, a hombros de su hijo Alejandro, novillero, por la Puerta Grande de la calle de Alcalá, en un día en el que, de grana y oro, sellaba su romance con Las Ventas.

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