“Antes, en España había que pedir disculpas por dedicarte al fantástico”

  • Pilar Vera, periodista de ‘Diario de Cádiz’ publica ‘Cámara oscura’, un conjunto de relatos sobre lo inesperado en el que la autora vuelca su asombro ante el mundo y actualiza algunos referentes de la tradición

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En la exuberante imaginación de Pilar Vera puede producirse cualquier situación inesperada: una bibliotecaria encuentra la plenitud desde que un íncubo la posee, una planta crece al son de la música de Bowie y el diablo conoce la impotencia cuando se topa con el despecho de una mujer. La periodista de Diario de Cádiz ha seleccionado para su primer libro, Cámara oscura, editado por Paréntesis, un conjunto de historias que coinciden en poseer “un elemento extraño”, en producir en el lector “un pellizco” ante una realidad que, de improviso, revela una cara inquietante y estremecedora. La autora presenta el miércoles próximo en Madrid, junto a Luis Alberto de Cuenca, y el 24 de noviembre en la Biblioteca Provincial de Cádiz, una obra que destaca en el panorama literario por la personalísima incursión en las sombras que emprende su artífice, un descenso a lo desconocido –habitado por personajes memorables– que su creadora entiende como una metáfora de su perplejidad ante el mundo.

–Los relatos del libro ofrecen un viaje a lo inexplorado.

–Todas las historias y los personajes que aparecen son historias fantásticas, pero para mí son la crónica de una mujer pasmada, que soy yo. El mundo real, para mí, es lo mismo: yo salgo a la calle con la sensación de que todos los días pueden pasar cosas tan sorprendentes como las que pongo en las páginas. Obviamente, no en esas coordenadas, pero la realidad mundana puede ser tan asombrosa como lo que se recoge en cualquiera de los relatos. Veo pasar unos motoristas por la calle y lo que pienso es en centauros. Estoy continuamente así. Digamos que el libro es la crónica de un gran pasmo.

–El título es un homenaje a Cádiz, a esa cámara oscura de la Torre Tavira.

–Me gustaba ese juego de ilusiones. Es una sensación muy curiosa cuando tú estás en la cámara oscura, y ves en la pantalla lo que sucede en el exterior: ves a la gente, a los perros, te sientes un poco voyeur y piensas en ese pobre hombre que está tomando o el sol, o en la mujer que está tendiendo inconsciente de que la están observando. Los empleados de la cámara oscura juegan un poco con esos personajes: los hacen caminar sobre bolígrafos, sobre papeles. Me atraía esa idea: para un hombre la realidad es que está paseando por el Campo del Sur, pero hay otra realidad en la que está colgado de un bolígrafo. Me gustaba ese juego, me parecía que recogía bien ese limbo por el que se mueven los personajes.

–El libro explora unos paisajes poco explorados por la literatura española. ¿De dónde le viene ese interés por duendes, por brujas y otros seres atípicos?

–No lo sé. Mucho me temo que a uno le gusta aquello con lo que se identifica. No es que yo me reconozca en algo sobrenatural, pero sí en lo no adaptado al medio.

–Ese reconocimiento se advierte en la compasión con la que describe a sus personajes, casi todos desarraigados, en búsqueda.

–Y también hay otra cosa de la que me he dado cuenta leyendo, más tarde, el libro. Hay muchos que son de una manera que luego no se comportan como corresponde, no son como parecen. Este juego me gusta mucho, no sólo la realidad nos obsequia con espejismos varios: las personas nos cambiamos de máscara frecuentemente, y eso es interesante.

–En esta Cámara oscura hay resonancias de muy diversos orígenes, desde la narración oral hasta Alicia en el país de las maravillas.

–Desde el punto de vista formal, yo quería que fuera un libro distinto, que de tanto en tanto hubiese un relato diferente, porque si no el conjunto quedaba muy plúmbeo. Después, sí que hay, en algunos, un recuentamiento. Se versionan referentes, textos e imágenes que todos hemos podido tener, pero actualizadas de alguna manera. Eso también me gusta mucho. La tradición folclórica, de los cuentos, es tan rica que es como un puchero en el que hay unos ingredientes principales y, luego, cada época le va añadiendo cosas. El cuento de Caperucita era muy diferente en sus orígenes de como se cuenta hoy, por no hablar de otras historias que han sido deglutidas por los grandes, tipo La sirenita. Pero ese legado tiene un poso tan denso, tan nutritivo que te obliga a hacer nuevas recetas.

–Antologías como la de Perturbaciones han reivindicado que hay un auge del relato fantástico en España. ¿Se siente parte de un movimiento, de un cambio?

–Al menos, sí se ha perdido el miedo a tratar estos temas. El fantástico siempre ha estado etiquetado como un subgénero. Uno tenía que andar pidiendo disculpas: Yo es que escribo esto, son cuentecitos, no es nada importante. Pero sí que puede ser literatura de verdad. Los de mi generación teníamos una gran oferta de fantástico, no sólo en los libros sino también en la televisión, y le hemos cogido cariño al género.

–A usted le ha ayudado también a desterrar los prejuicios la literatura anglosajona. En su obra se percibe esa influencia...

–Para mí es algo casi inevitable. Tú estás escribiendo, y te lo puedes pasar bien, pero no tienes una conciencia real de lo que has estado haciendo hasta que lo terminas y lo lees. Cuando yo acabé de seleccionar los cuentos me dije: Esto es Angela Carter que tiene una pesadilla y se cree Terry Pratchett. Otra gente con más capacidad para el eufemismo diría que es un sentido homenaje, pero yo simplemente digo que son efectos del envenenamiento.

–Sacará pronto una antología de cuentos de hadas de Rusia, que prepara junto a Marian Womack.

–Todavía estamos trabajando, esta semana voy a Madrid para poner en común la selección que cada una ha hecho. No se puede adelantar mucho...

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