Entrega y oficio pero poco duende

  • Chano Lobato y Manuel Moneo emergen en una noche demasiado larga

La octava edición de la Reunión del Cante de Cádiz y los Puertos se desarrolló de manera maratoniana en el flamante Teatro Pedro Muñoz Seca, un recinto coqueto que registró un lleno hasta la bandera. Durante casi cuatro horas, que se hicieron interminables, los artistas fueron desfilando por el escenario, unos con más profesionalidad y otros entregados de pleno, aunque también los hubo que se limitaron a completar el expediente. Eso sí, el desarrollo del mismo careció de algo más de organización al menos en cuanto al tiempo sobre las tablas del coliseo portuense, pues hay que tener en cuenta que precisamente por eso, por celebrarse en un teatro, las condiciones no deben ser similares a las de un festival veraniego.

A Aroa Cala le tocó romper el hielo. Nunca es sencillo abrir boca y más cuando la propia artista sabía lo que se jugaba ante sus paisanos. Aún así hizo el más difícil todavía al empezar por martinetes que remató por tonás. Sobrada de fuerza, Aroa, a la que se le vio nerviosa durante los primeros instantes, continuó cantando por tangos, para finalizar haciendo soleá de Cádiz y bulerías. Su afán por agradar le hizo prodigarse en exceso en algunos palos, como en los tantos, no obstante, supo manejarse bien encima del escenario y por medio de su potente voz se metió al público en el bolsillo con cuplés de la Paquera, "por la que siento gran admiración", dijo. Un fandango de Huelva a capela le sirvió para llevarse una atronadora ovación.

La mayor de las hermanas Cala había caldeado el ambiente y aunque muchos esperaban con ansiedad a Manuel de los Ríos, también portuense, lo cierto es que el cantaor local defraudó. Su primer gesto de quitarse la chaqueta nada más subir al escenario delató su falta de tablas o su excesiva tensión, según se mire. De cualquier modo no estuvo a la altura, entre otras cosas porque nunca se entendió con su guitarrista Isaac Moreno, que evidenció demasiada inseguridad en determinados momentos. Manuel se entregó al máximo (soleá, tarantas, bulerías y una larga tanda de fandangos) y sólo apuntó destellos aislados con ese torrente tan gitano que posee.

Todo lo contrario ocurrió con Chano Lobato. El octogenario cantaor compareció bastante mermado de facultades. Algunos habían dudado de su aparición pues las últimas actuaciones, como la del Suma Flamenca en Madrid, las había tenido que suspender debido a problemas de salud. Pero no. Tras ser acompañado por Rancapino hasta la silla, el gaditano, con menos voz que de costumbre, sacó la chistera y en sólo dos letras enganchó al respetable. Bien arropado por la guitarra de Fernando Moreno, el veterano artista demostró una vez más que pese a su edad rebosa salero, gracia y un control de la situación que más de uno quisiera tener. Y es que tras sus característicos tangos y la soleá, se levantó a duras penas y se arrancó por bulerías. Genio y figura. Ya de pie, Chano tuvo tiempo hasta de marcarse una 'pataíta' y cerrar su actuación a lo grande.

Tras un merecido descanso, Nazaret Cala irrumpió con fuerza. La joven cantaora tiene madera y sabe llevar el cante donde quiere. Lo hizo con el clásico romance del Negro de El Puerto, y lo confirmó con el acento claramente 'marinero' y con un amplio abanico de recursos que utilizó para ejecutar bulerías por soleá. Pero quizás donde más se gustó fue en las alegrías. Su cante llega y su meloso timbre envuelve. Por seguiriyas y bulerías, con las palmas de Luis y Ali de la Tota, puso fin a su actuación de forma brillante.

A eso de la una de la mañana salió Rancapino. Quedaban los platos fuertes de la noche y pese a las tres horas de cante algunos esperaban que el duende emergiera. Sin lugar a dudas, no fue con el chiclanero que se limitó a cumplir el guión sin más. Profesional donde los haya, Alonso, poco dado a variar su repertorio, ofreció lo mejor de sí, malagueñas, alegrías, fandangos y bulerías con sus clásicas letras por cuplé, pero apenas transmitió. Es más, en alguna ocasión no pudo rematar el tercio con solvencia pues se le notó algo rozado de voz.

"Vamos a tener que pedir una pizza. Ya da igual, no nos van a multar". Con estas afirmaciones se presentó Manuel Moneo. El de La Plazuela estaba decidido a acabar con el cuadro y desde el primer momento sentó cátedra. Su voz añeja y transmisora del flamenco más puro caló de inmediato en el público, que rápidamente conectó con el cantaor. Por soleá allanó el camino, para dejar la faena lista cantando por seguiriyas, quizás lo mejor de toda la noche. El jerezano se rebuscó y peleó con el cante en los fandangos personas, certificando su gran actuación por bulerías.

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