Doscientos años de los cuentos que salieron de la lumbre

  • El 20 de diciembre de 1812 veían la luz los 'Cuentos del hogar y de la infancia', de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm

Tal como se concibió, fue un proyecto fallido. El 20 de diciembre de 1812 vio la luz Kinder und Hausmärchen (Cuentos del hogar y de la infancia): una recopilación de historias populares realizada por Jacob y Wilhelm Grimm que pretendía ser una trabajo de corte antropológico, destinado a formentar el espíritu de identidad nacional alemán.

Y no fue, por supuesto, ni lo uno ni lo otro: ni referencia erudita ni símbolo unívoco de las esencias bávaras. Aunque hay detalles en sus versiones de Blancanieves o de La Bella Durmiente que llaman, inevitablemente, a antiguas tradiciones y símbolos germánicos, los cuentos de los Grimm están "contaminados" por la tradición europea. Más que antropólogos de campo, los Grimm lo eran de chimena: nada de triscar de aldea en aldea en busca del cuentacuentos de turno. La mayor parte de sus historias procedían de lo que les contaban las viejas ayas de la ciudad, de origen francés. Algo que explica las similitudes entre algunas de sus historias alemanas y los cuentos de la tradición francesa o italiana.

Para pasmo, además, de sus propios autores, el título terminó convirtiéndose en un clásico infantil -de hecho, en el clásico infantil por excelencia: los cuentos de los Grimm han sido traducidos a 170 idiomas y forman parte del imaginario colectivo de todos nosotros-. Es difícil saber cómo esa primera edición truculenta, llena de detalles escabrosos, referencias sexuales más o menos explícitas y madres desnaturalizadas, pudo fascinar a los niños de la época -en al menos 25 de estos cuentos, encontramos abusos infantiles de algún tipo-. También es cierto que los niños nunca han sido tontos, y que las de los Grimm son muy buenas historias. Lo seguirían siendo aun después de que Wilhelm las sometiera al filtro burgués de lo políticamente correcto, la primera de las muchas capas de chapa y pintura que estaban destinadas a recibir. Aun así, Los cuentos del hogar seguirían manteniendo muchos detalles cruentos: los pretendientes de la Bella Durmiente desangrados en los rosales, la madrastra de Blancanieves enfundada en zapatos de hierro candente, las hermanastras de Cenicienta rebanándose los pies para calzar la zapatilla de cristal.

Gustaban entonces, con y sin filtro, y gustan ahora, con y sin filtro. Porque son, decíamos, buenas historias: vienen de un pasado impensable, se han reinventado en el presente y se adaptarán, seguro, a los ojos del futuro. Son palabras que salen -nos advertían- del corazón del hogar, de los miedos de la noche; bordean el mito y cuentan esas cosas que, según los clásicos, no ocurrieron nunca pero son siempre.

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