Despiadada obra maestra del cine negro

Comentarios 1

Casi en el inicio de su filmografía -fue realizada en 1964, cuando sólo habían pasado siete de los cincuenta y un años que lleva dedicado al cine- Lumet contó cómo un prestamista judío que había atrofiado todo sentimiento para borrar los recuerdos del exterminio de su familia en un campo de concentración nazi, se atravesaba de parte a parte una mano para volver a sentir el dolor y, con él, resucitar sus sentimientos aunque fuera al precio de cargar con el peso de la memoria. Era El prestamista. Antes había rodado ese fresco de las miserias humanas que es la obra de Reginald Rose Doce hombres sin piedad (1957), la oscura tragedia de Tennesee Williams Piel de serpiente (1959), el sórdido drama de Arthur Miller Panorama desde el puente (1961) y la desgarradora autobiografía de Eugene O'Neill en la que rememora su hogar juvenil devastado por las drogas y el alcohol Largo viaje hacia la noche (1962). Tras El prestamista, alternándolas con obras más ligeras, fue ofreciendo algunos melancólicos o desgarradores retratos humanos de personajes en situaciones extremas en La colina (1965), Llamada para el muerto (1966) o Supergolpe en Manhattan (1971); hasta llegar a La ofensa (1972), corazón tenebroso de su filmografía y una de las más perturbadoras películas jamás rodadas… Hasta que llegó Antes que el diablo sepa que has muerto, que alcanza, si no supera, la densa negrura de aquella película y sobrepasa en pesimismo las grandes obras a través de las que, entre una y otra, ha ido explorando la oscuridad y la corrupción -personal o social- en Serpico (1973), Tarde de perros (1976), Network, un mundo implacable (1977), El príncipe de la ciudad (1981), Veredicto final (1982) o La noche cae sobre Manhattan (1997).

Es un enigma por qué un maestro del cine que ha rodado ininterrumpidamente durante 51 años, ha conocido en estos últimos tiempos el reconocimiento que su genio exige pero no siempre obtuvo y sigue en activo a sus 83 años -cosas todas que deben procurar satisfacción- se sumerge en este abismo de codicia, maldad, desesperación, crueldad, desamor, desolación, mediocridad, miseria y tristeza. ¿Así ve la naturaleza humana Lumet desde la cumbre de su larga vida? ¿Así de podrida está la sociedad norteamericana? Los años, en lo que de bueno aportan, se le notan en la perfección de su estilo, la seguridad con que rueda, la maestría en el manejo de los tiempos narrativos y el genio con el que dirige a los actores (¡qué grandes Philip Seymour Hoffman, Ethan Hawke y Albert Finney!). Pero esta magistral madurez estilística no halla correspondencia en la materia tratada, que tiene la negrura destabilizadora del Lumet joven o maduro de El prestamista y La ofensa.

Esta gran película suma lo mejor de la solidez narrativa del cine clásico -que se disolvía justo cuando Lumet empezaba a rodar-, de la fuerza dramática del cine moderno de los años 50 y 60 -del que él fue uno de los autores más destacados- y de la libertad expresiva del cine de los años 70 y 80 -del que él fue compañero de viaje con la misma fuerza que demostraban los jóvenes directores de la generación posmoderna como Coppola o Scorsese-. Lo que esta estructura narrativa habilísima que juega con el tiempo sin crear confusión y reforzando el dramático suspense, lo que esta escritura fílmica magistral y lo que estas interpretaciones desgarradoras nos cuentan es una historia puramente dostoyevskiana de crimen y de castigo, un descenso al infierno que se inicia, como suele suceder, con un coqueteo con el mal que acaba por convertirse en un baile siniestro con ese mal absoluto al que el título alude tomándolo de un brindis irlandés: tengas media hora de gloria antes de que el Diablo sepa que has muerto.

Dos hermanos -el mayor malvado y dominante, el menor débil y manipulable- planean el robo de una pequeña joyería para salir de sus muchos líos y apuros. Una cuestión segura, sin riesgo, sin víctimas. Pero maldita -no digo por qué: Lumet lo irá desvelando a través de su narración fragmentada- desde el principio. Trasgredir un mandamiento es quebrantarlos todos, dice la tradición judeocristiana, y esta película lo demuestra: trasgrediendo el cuarto los hermanos, expertos en la trasgresión de cuantos van del sexto al décimo, desatarán la orgía de sangre que corresponde al quebrantamiento del quinto; de los tres primeros mandamientos ni se trata, porque Dios está por completo ausente del mundo que Lumet retrata en esta gran y escalofriante película que recuerda el lamento del loco de El gay saber de Nietzsche después que los hombres hayan matado a Dios: "¿No vamos errantes como a través de una nada infinita? ¿No hace más frío? ¿No viene la noche para siempre, más y más noche?".

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios