Desamores que matan

Compañía: Amores de cantina. Texto y dramaturgia: Juan Radigán. Dirección: Mariana Muñoz. Dirección musical: Joselo Osses. Intérpretes: Luis Dubó, Ema Pinto, Ivo Herrera, María Izquierdo, Iván Álvarez de Araya, Francisco Ossa, Claudia Cabeza y Claudio Riveros. Interpretación musical: Felipe Alarcón, Daniel Pezoa y Bernardo Mosqueira. Día: 23 de octubre. Lugar: Teatro Cómico de Títeres La Tía Norica.

No es el amor el que nos hace sufrir, sino el desamor. Y cuando este nos mata, nunca muere. Mejor dicho, no lo dejamos morir por una sarna con gusto que mortifica. Además, es, más que alimentado, bien cebado por todos y todas a través de la cultura -tanto alta como popular- mediante la creación y consumo de todo tipo de productos artísticos en torno a este tema eterno y universal. En esta línea, Amores de cantina se presenta como un poema escénico con canciones situado en cualquier bache o tugurio dedicado a Baco, que podría llamarse Quitapenas, si no fuera porque estas han aprendido a nadar en el (doble) fondo de las copas. Los temas musicales y de corte popular funcionan como soporte fundamental e introducen al público desde el principio en el universo de estos fantasmas de taberna con unas historias que son carne de tango o de corrido, situados en escena con disposición de concierto. En estas almas encadenadas a su pena, además sin suficiente pan que llevarse a la boca, reconocemos tipos y personajes con diferentes niveles de caracterización o de caricatura pero sin caer en lo grotesco. Tanto esta como la interpretación en verso -vehículo histórico de la literatura popular- que fluye con extraordinaria naturalidad, se apoya en un notable trabajo actoral que también alcanza un buen nivel en la ejecución de las canciones. Sin embargo, en cuanto a la estructura dramática se produce un desencuentro similar a una promesa rota. Por un lado, aunque la obra esté impregnada de un cierto espíritu de crítica social, es tan fuerte la presencia del desamor, que las incursiones en favor de la rebelión de las masas parecen pertenecer a otro espectáculo. Por otra parte, la propuesta está salpicada de temas y elementos de relatos del folklore, como el doble uso de la figura de los forasteros para explicar al público las peripecias que todos saben, por un lado, y el que provoca el desencadenante de la tragedia, por otro; o el lugar común de la doncella presa de un encantamiento, del que sólo se librará a través del sacrificio voluntario de un guerrero. Todo ello nos predispone a esperar una catarsis final, que se desdibuja entre música y danza, como la desilusión que nos hace vislumbrar que inevitablemente vamos a tropezar otra vez con la misma piedra y con la misma pena.

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