Cuento sin lustre

Es frecuente en el teatro de títeres dirigido al público infantil el empleo de cuentos populares protagonizados por seres de carácter fantástico, especialmente de origen celta o germánico. Así, este espectáculo se basa, según reza el programa de mano, en "la leyenda de los duendes Leprechauns irlandeses" y efectivamente, el nombre de estos hombrecillos significa "zapatero de un solo zapato". Sin embargo, el relato del pobre artesano que -con nocturnidad- recibe su ayuda, es de raíz alemana y, como muchos otros, fue rescatado por los hermanos Grimm, aunque se pueden encontrar relatos de similar estructura en el folklore de otras comunidades. Esta literatura oral está cargada de simbolismo y no puede interpretarse de manera literal. Pero ocurre que a la hora de llevarse a escena se intenta actualizar, eliminando todo aquello que se considera políticamente incorrecto, sin caer en la cuenta de que pueden perder gran parte de su significación o misterio.

De esta manera, en el relato reconstruido por los filólogos alemanes, el zapatero está desesperado y suplica ayuda por medio de una oración. A partir de ese momento, cada mañana al despertar encuentra un par de zapatos maravillosamente acabados con el cuero con el que ha trabajo durante el día, que progresivamente le darán fama y fortuna, reinvirtiendo una y otra vez sus ganancias en nuevo material. Esta trama conecta con una sabiduría popular que cree en el "pedir y se os dará" así como en el "ayúdate y el cielo te ayudará", filosofía adoptada en la actualidad por el pensamiento positivo y la bibliografía de autoayuda. Así mismo, transmite el concepto de creación excepcional relacionada con lo sobrenatural, representado por musas, diablos y otras figuras que, por supuesto, siempre emergen en la noche, momento en que el lado racional descansa y despierta el subconsciente.

Toda esta magia, así como su intriga, sin embargo, se diluye en esta versión, en la que se mezclan pinceladas actuales chocantes con un argumento cargado de referencias decimonónicas y donde el ritmo decae de demasiadas ocasiones. La puesta en escena se desarrolla en dos espacios -la casa del zapatero y la del alcalde que le exige el pago de un impuesto- representados a través de dos cajones forrados en negro. En uno se trabaja con títeres de varilla sobre mesa, manejados con la ilusión de moverse por sí solos que crea el que los manipuladores trabajen enfundados en negro, mientras que en el segundo se emplea la marioneta de hilo. Aunque los espectadores, pequeños y grandes, seguían atentamente las evoluciones de los muñecos, sobre todo en los momentos en que se emplearon materiales fosforescentes, la mayor parte del tiempo los primeros parecían ajenos a la historia, usando los asientos de La Lechera como parque de atracciones. El espectáculo era quizás demasiado narrativo, sin el necesario lustre dramático o escénico que necesita una adaptación teatral.

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