Cromosomas de ingenio y musicalidad

La alegría de vivir de Rosario Toledo es inmensa. Su espíritu es libre e indomable, pero sabe lo que quiere. Se conoce lo suficientemente bien, sus virtudes, sus defectos, lo que le va, lo que no, por eso ha creado un espectáculo que encaja a la perfección en su personalidad, como anillo al dedo.

Para construirlo se apoya en dos pilares, David Palomar y Rafael Rodríguez y juntos edifican 'ADN', un compendio de gracia, trabajo, interpretación y buen gusto cuyo resultado no fue otro que una Sala Paúl a sus pies. Porque ADN no es sólo un paso más en la carrera creativa de Toledo, es un verdadero regalo musical que pone de manifiesto la riqueza sonora gaditana (soleá de Cádiz, alegrías, cantiñas, tanguillos, milongas, rumbas...) y es, válgame la expresión, una auténtica pasada a nivel coreógrafico. En este aspecto, Rosario ha conseguido dotar al mismo de total frescura y originalidad. Como ejemplo, el trabajo que desarrolla en la milonga de Pepa Oro y en la Rumba Maremoto, en las que Palomar y El Cabeza arrasan con todo.

Con un pequeño hilo argumental, extraído de la obra de Jean Cocteau 'La voz humana', Rosario se mete en el papel de la amante no correspondida, una amante que va recorriendo diferentes estados de ánimos, pero que, fiel a la filosofía de su tierra, siempre acaba reponiéndose gracias a esa alegría innata de la gente de Cádiz.

La bailaora decidió ya hace unos años elegir el camino de la interpretación en sus obras, un camino en el que cada vez se desenvuelve mejor. No sólo baila cuando tiene que bailar, sino que añade a sus montajes diferentes gotas teatrales que sirven para engrandecerlos. Aquí, no puedo dejar de mencionar la extraordinaria ejecución que Rosario (recitando) y Rafael Rodríguez realizan del Tanguillo de la Guapa (ese que popularizó Lola Flores), un guiño a Mariana Cornejo y a la gracia y chufla de Cádiz. Una maravilla.

En ADN todo está pensado, desde el espacio escénico creado por Ana López Segovia hasta la iluminación de Antonio Valiente, y por supuesto el toque más selecto, el que aportan Juan Villar y Periquín, elementos que suman a un montaje de por sí atractivo. Hasta el polifacético Roberto Jaén, de inicio percusionista y palmero y a la postre hasta cantaor, tiene su número de gloria, un número que como el resto, sabe llevar a su terreno sin caer en la estridencia.

A pesar de durar más de hora y media, en ningún momento se cae en la monotonía. Hasta lo que a priori podía ser cansino, la caña y el fin de fiesta del final, suceden a ritmo vertiginoso. Para quitarse el sombrero, y como dice el cántico: 'Esto es Cádiz....'.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios