Colosal Ponce en Zaragoza, todo un prodigio de técnica y torería

  • Una corrida de 'El Torreón' desigual de hechuras y muy falta de raza, tuvo el denomidador común de que todos los toros terminaron buscando la querencia

Una colosal faena de Ponce, con una prodigiosa técnica y torería, valió las dos orejas más importantes de un mismo toro en lo que va de feria, ayer en Zaragoza.

Ponce ha vuelto a dar una lección de maestría. Sus dos faenas han tenido un extraordinario soporte técnico para dar a cada toro la lidia justa, exprimiéndolos con suma delicadeza dada su débil condición de mansos. Y todavía más, en el cuarto, después de poner los medios para hacer posibles las embestidas, se marcó Ponce un repertorio de lo más variado, artístico y auténtico. Toreo de maravilla.

No pudo ser con el armario primero, toro grandón y desrazado, que no humillaba, parándose y quedándose corto. Ponce le atacó lo justo, consintiéndole mucho, pero ni así. En el cuarto vino lo grande. Un toro sin clase, que ya en el caballo peleó con la cara alta y empujando con un solo pitón. Se ha dicho siempre que en la suerte de varas cantan los toros su condición. Y tal fue el del Torreón para la muleta. Por eso tiene tanto mérito lo de Ponce.

Poco a poco le desengañó, para que acabara alargando las medias embestidas. Ponce empezó a llevarle a media altura y muy tapado, obligándole a embestir. Dos primeras tandas a derechas para apuntalarlo. Ya en la primera al natural empezó a notarse el ritmo y la profundidad de un toreo muy macizo. Y un delicioso repertorio de improvisaciones entre series, con los molinetes invertidos, los cambios por delante y los pases de trinchera, amén de los obligados de pecho.

El toro no dejaba de mirar la querencia, pero se encontraba siempre con la muleta tapándole. Ponce le desengañaba, llevándole muy prendido en muletazos de inmaculada ejecución y apabullante lentitud. Hasta que el toro ya no hizo por irse.

Delicioso repertorio el de Ponce. Un toreo bonito que llevó aparejado también la hondura. No hubo ninguna superficialidad a pesar de la fragilidad del toro. La plaza se vino abajo tras la estocada. Y Ponce paseó las dos orejas más importantes de la feria.

A Castella le tocó un primer toro incómodo por gazapón, desconcertante y complicado, con el que llevó a cabo un trasteo de mucho aguante, que tuvo interés pero se quedó sin premio por la mala rúbrica con la espada.

El quinto fue uno de esos toros bravucón en la frontera de la bravura con la mansedumbre, al que Castella toreó con mucha intensidad al principio de faena, lo que terminaría agotándole antes de tiempo. Para el recuerdo una ajustada tanda por la derecha. Y en el epílogo el esfuerzo denodado para evitar que el animal se aquerenciara. Los once descabellos finales le quitaron la oreja.

Vega poco pudo hacer en su deslucido primero, que embestía con las manos y pegando cabezazos. El sexto, en cambio, aun siendo manso tuvo mucha nobleza. Hubo un esperanzador inicio de faena, pero otra vez las exigencias del torero anularon enseguida las intenciones del toro.

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