"El de Clararrosa pudo ser el primer entierro laico de nuestra historia"

  • Sánchez Hita repasa la figura del periodista decimonónico en los dos trabajos que le han procurado el Cortes de Cádiz de Ciencias Sociales y el premio de Estudios Constitucionales

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Durante su inmersión en las tripas de la política y la literatura del XIX, Beatriz Sánchez Hita no tardó en toparse con una curiosa figura. Un franciscano vasco, metido a marginal editor periodístico, que huyó a México en el cambio de siglo con un cargo inquisitorial a su espalda.

"Lo primero que encontré -recuerda la historiadora- fue la obra que escribió tras su paso por la Inquisición, Viaje al mundo subterráneo. Y claro que había tesis y trabajos de todo tipo sobre la literatura y el periodismo de Clararrosa, pero no sobre su figura en sí".

Y el personaje ha sido, precisamente, el que le ha granjeado a Sánchez Hita dos de los más recientes premios de investigación histórica. Por un lado, el Cortes de Cádiz de Ciencias Sociales organizado por el Ayuntamiento -Juan Antonio Olavarrieta/José Joaquín de Clararrosa: periodista ilustrado- y, por otro, el de Estudios Constitucionales por -José Joaquín de Clararrosa y su Diario Gaditano-.

De Olavarrieta/Clararrosa fue el primer Diario de Cádiz, el que comenzó a publicarse ilegalmente en 1796: "El Consejo de Castilla descubrió su existencia a posteriori -explica Sánchez Hita-, cuando El comercio de Cádiz pidió permiso para tomar el nombre del extinto diario. Destruyeron los ejemplares que pudieron encontrar y se prohibió a Olavarrieta escribir sobre cualquier cosa.

Pero Sánchez Hita cree más bien que fue la personalidad conflictiva del propio eclesiástico lo que terminó provocando su partida a las Indias: "En su círculo de conocidos, afirmaba públicamente cosas como que todos los hombres eran iguales, que el alma no existía, que no creía en Dios… Probablemente alguno de ellos se fue de la lengua. Además, llegó a decir que iba a dejar los hábitos para casarse con una francesa de la Isla de León. Algo que en absoluto era cierto".

Y es allí, en México, donde escribe su tratado materialista: El hombre y el bruto. Delatado por su escribano, Olavarrieta fue procesado por la Inquisición. Dos años después, en su traslado a España, se produciría su conocida fuga. Olavarrieta se escapa a Portugal, donde ejercerá de médico con escaso éxito y peculiares modos: "Su heterodoxo método de trabajo y el hecho de que hiciera cosas como, por ejemplo, negar la extremaunción a los moribundos, provocaron que también empezara a ser sospechoso allí", comenta la historiadora.

La implantación del Trienio Liberal le anima a regresar a España bajo una nueva identidad: José Joaquín de Clararrosa. "Probablemente -explica Beatriz Sánchez Hita- volvió a Cádiz porque aquí tenía a conocidos y gente dispuesta a respaldarle (se ha hablado mucho de su conexión masónica). A su vuelta, reconocerá haber sido prófugo de la Inquisición y haber tenido que renunciar a su pasado e identidad, pero nunca reveló quién había sido. Pero yo creo que, además, Cádiz era una plaza inmejorable a la hora de salir huyendo".

Por si fuera poco, la capital gaditana se había convertido en el foco del periodismo liberal más extremo, lo que le resultaba idóneo para llevar a cabo sus aspiraciones: "Él era, ante todo, un periodista y un agitador político, con un enorme afán de provocar -continúa Sánchez Hita-. Por ejemplo, se decía que su seudónimo encerraba los nombres de sus amantes y, aunque en realidad eran los de sus hermanas, él nunca hizo nada por acallar ese rumor. Es más, lo alentó".

Para Beatriz Sánchez Hita, Clararrosa "tenía una determinación brutal de hacer lo que quería hacer y no se callaba ante nada. Incluso durante sus arrestos, lanzaba manuscritos. Era atrevido pero fiel a sí mismo: conocía muy bien el sistema legal y muchas veces se salvaba por los pelos. Rozaba el límite".

La religión era una de sus principales bestias negras: "Toda llena -apunta la profesora- de 'pataratas y supersticiones'. La verdad es que se metió a franciscano por presión familiar. Hablaba de la ridiculez de vírgenes, santos y milagros".

Sus alegatos por la Independencia de América no resultarían menos polémicos. Aunque no terminó de decantarse, sus proclamas le procuraron varios días en la cárcel -lo salvó el jurado popular- y, sobre todo, el rechazo de gran parte de sus protectores, como Istúriz, que tenían fuertes intereses comerciales en las colonias. Fue a partir de ahí cuando Clararrosa comenzó a desarrollar la teoría de una conspiración contra él.

El 8 de enero de 1822 se produjo su último arresto: ya sólo saldría de la cárcel para morir. "Yo creo que el de Clararrosa fue el primer entierro civil de la historia de España -opina Sánchez Hita-. Se entierra en sagrado, porque no había otro lugar, pero no se celebró misa ni hubo parafernalia católica. Acusó a Istúriz y los liberales de dejarlo morir en la cárcel y lo enterraron llevando un ejemplar de la Constitución en las manos, abierto por el artículo de la Soberanía Nacional, y con una copia de sus obras. La comitiva paró un momento con el féretro bajo la casa de Istúriz y cantaba el Trágala. Casi como si fuera un santo laico".

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