"China protagoniza el desarrollo más extraordinario de la historia"

  • Embajador en el país asiático entre 1987 y 1991 y de 1999 a 2003, Eugenio Bregolat acudió al Colegio de Arquitectos para hablar del impacto geopolítico de la región

Fue Consejero Comercial en la URSS de 1974 a 1978. Ostentó el cargo de jefe del Departamento Internacional con Adolfo Suárez y Calvo Sotelo, con lo que vivió de cerca el golpe de Estado. Durante su primera designación como embajador en China -volvería a serlo doce años después- tuvieron lugar los sucesos de Tiananmen. Y fue también embajador en Rusia, de 1992 a 1997, en plena gestación del nuevo mapa soviético. Actual embajador en Andorra, Eugenio Bregolat (1943) habló en el COA de Los efectos sociales y políticos de la reforma económica en China.

-Pasa una década entre su primer y su segundo cargo como embajador en Pekín. ¿Qué diferencias halló entre estas dos Chinas?

-Yo siempre digo que no he sido embajador dos veces en China, que he sido embajador en dos países distintos que se llamaban China. En el 87, cuando llegué por primera vez, no había coches, sólo bicis; en las ciudades no había luces de neón ni edificios modernos; tampoco restaurantes: sólo los de los grandes hoteles. La gente vestía con los uniformes azules o grises de cuello Mao... En realidad, si uno hoy en día quisiera ver cómo era aquella China tendría que ir a Pyongyang, en Corea del Norte: nada más llegar, en la frontera, dejas el móvil. Ves a la gente andando por las cunetas, te despierta una marcha militar a través de unos altavoces que te dan también las consignas del día, los trenes van a 40 kilómetros por hora... Hoy día, sin embargo, Pekín está muchísimo más cerca de Barcelona o Nueva York.

-La renovada Constitución china dice "la propiedad privada se considera complemento de la economía socialista". Cosas veredes...

-En principio, un complemento. Pero en la realidad, actualmente sólo un tercio del total es empresa pública. El sistema socialista apunta que ha de predominar la propiedad pública pero no está establecido en ningún porcentaje. El Estado controla las empresas más potentes, que controlan la economía -petróleo, electricidad, acero...-. Deng Xiaoping definió el comunismo como el sistema que es capaz de dar a cada uno según sus necesidades. Para conseguir el ideal comunista, hay que tener una tarta muy grande para repartirla entre todos, y eso sólo se puede conseguir a través de una economía de mercado: una realidad que plantean como una fase inicial del socialismo y que puede durar cien años. Y recalcan que sólo aquel que no tiene una mente liberada puede preguntarse si aquello que lleva al socialismo económico es socialismo o no.

-¿En qué medida afecta la actual crisis financiera a China?

-Obviamente, no puede no afectarle dado el nivel de exportación que ha desarrollado. Sin embargo, la exportación china es mucho menos significativa en el conjunto de su economía de lo que se cree (llega a 50% de su PIB, no al 200 ó al 300% como en Taiwán). Lo que realmente sería relevante es la exportación neta, y ésta es muy poca, porque muchos componentes los traen de otros países de la zona. De hecho, van a salir antes de la crisis: el Fondo Monetario y el Banco Mundial calculaban para China este año un crecimiento del 6%. Ahora lo sitúan en el 8%, que es a lo que ellos pretendían llegar.

-¿Corre el riesgo el país de crecer sin apenas clase media?

-No, hoy en día ya hay una clase media importante, con familias con rentas de entre seis y doce mil dólares. En las grandes ciudades, el prototipo de chino es un joven o una joven de 25 a 35 años, con móvil, acceso a Internet, que ha viajado a Hong Kong y al extranjero, que ha hecho turismo y quizá ha estudiado fuera. Y, sobre todo, con un sueldo que no depende del Estado, con lo que su lavado de cerebro sería muy difícil.

-Tanto España como China corren el riesgo de perderse en el tópico. ¿Con qué podríamos sorprendernos mutuamente?

-Y no están tan lejos por lo siguiente: ambos países han experimentado unos cambios brutales en los últimos treinta, cuarenta años, cada uno a su manera. En España tuvimos la transición económica en los sesenta y la política, hace nada. Hemos vivido toda esta gran transformación en sólo una generación. Y eso, curiosamente, es lo que nos acerca a China y nos hace distintos de Francia o Alemania. Si bien es cierto que se recurre mucho al tópico en ambos países. En China gustan mucho, por ejemplo, las corridas de toros, y se conoce a los deportistas, a los futbolistas, a Alonso, a Nadal...

-Veinte años después, ¿Tiananmen se ve como un punto de inflexión?

-Comparado con la rueda de la historia china, Tiananmen se ve como un pequeño incidente... hoy no se llegaría a esto, entre otras cosas, por las fuerzas de seguridad. Cuando sucedió se decía de todo: que iba a iniciar un movimiento estudiantil insostenible como en Corea del Sur, que habría una guerrilla urbana, que cortaría el desarrollo económico... y nada de esto ha pasado. Es más, si hoy se votara, el 90 % del pueblo chino votaría, no al comunismo, sino a lo que se hace llamar el Partido Comunista, que les ha otorgado un nivel de bienestar con el que no pudieron soñar. China ha protagonizado el desarrollo más extraordinario de la historia universal. Ha acabado con la pobreza de más de 500 millones de personas -el Fondo Monetario afirma que la pobreza mundial ha disminuido en los últimos tiempos pero, si quitas a los chinos, ha aumentando-. Y el Gobierno chino va a acometer dos reformar tremendas: una, la sanitaria, creando un sistema de salud pública para el total de la población de aquí a 2011. Y de la mano viene la incorporación del campesinado (800 millones de personas) a la economía de mercado, objetivo que apoyarán con la venta de electrodomésticos y móviles a precios muy baratos.

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