La mejor tarde de Castella en Las Ventas y su tercera puerta grande

  • El triunfo vino con un gran tercer toro de la ganadería de Joaquín Núñez del Cuvillo que aportó lo suyo a la faena del matador francés y tuvo mucho aguante para la lidia

Dos orejas de un mismo toro consiguió Sebastián Castella, en la tarde de ayer en Las Ventas, un triunfo que todavía fue corto, pues se hubiera llevado también las dos del otro si llega a matarlo bien, la tercera salida a hombros del diestro francés en la monumental madrileña, ésta sin duda la de más gloria de su carrera.

Se han jugado toros de Núñez del Cuvillo, desiguales de presencia, bajos de raza y deslucidos, en general de poco juego, a excepción del buen tercero, aplaudido éste en el arrastre.

Julio Aparicio: estocada (silencio); y estocada (silencio). Morante de la Puebla, media a paso de banderillas (silencio); y estocada corta y descabello (pitos). Sebastián Castella: estocada en todo lo alto (dos orejas); y casi media y cinco descabellos (ovación tras un aviso). Lleno de "no hay billetes" en tarde deliciosamente otoñal.

La mejor tarde de Castella en Las Ventas. La mejor tarde en conjunto, y la mejor faena. Dos orejas parecen poco. La primera faena del francés rayó en la perfección. Por técnica y seguridad, por arrojo y buen gusto. Por la naturalidad e improvisación, por la arrogancia, la quietud y las estrecheces entre el y el toro.

Fue faena de mucha sinceridad y buen gusto, de excelente planteamiento técnico y de enorme precisión. Sin olvidar al toro, que también puso lo suyo. El aguante del toro fue fundamental.

Y la estocada, en todo lo alto. La muerte fulminante. La plaza loca de felicidad en la petición de las orejas, y en los aplausos en el arrastre del animal, y en la vuelta del torero, de clamor.

Teniendo Castella la salida a hombros asegurada, todavía no se conformó. Y con el sexto, otro lío. Humillaba el toro, pero no era lo mismo, había que llevarlo en el sentido de esperarlo más, consentirle, engancharle y aguantarle. Jugársela con más exigencias. Fue lo que hizo Castella, hasta que empezó a pararse el toro, y ahí los circulares por la espalda, el parón en su más espléndida expresión. Qué pena, la espada.

Aparicio no tuvo material propicio ni ánimo para ir más allá de cuatro detalles y Morante, con un lote a contra estilo, no terminó de ponerse en el sitio.

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