Cantos de amor divino y humano

Dos partes bien diferenciadas componían el concierto ofrecido el sábado en el Oratorio de San Felipe Neri: religiosa la primera y profana la segunda. De los catorce autores que conformaban el concierto sólo cuatro aparecían con nombres y apellidos en el programa, el resto eran anónimos, aunque todos pertenecientes a los siglos XVII y XVIII, ya catalanes, mallorquines o valencianos, a excepción de Sebastián Durón que nació en Brihuega (Guadalajara), músico de importante obra tanto religiosa como teatral, y seguramente el más interesante de los cuatro. Los otros eran Joseph Gaz (Martorell 1654-Gerona 1713), Lucas Ruiz de Ribayaz (siglo XVIII) y Francisco Valls (Barcelona 1665-1747).

El concierto fue un dechado de buen hacer, y la voz de Marta Infante voz llena de matices, de tan bello y armonioso timbre que pareció en algún momento que susurraba al oído. No le fue a la zaga el acompañamiento de Manuel Vilas. Su arpa de dos órdenes fue toda una sorpresa, al menos lo fue para quien esto escribe. Nada que ver con el arpa clásica de pedales. Su sonido, mezcla de guitarra y tiorba, es incisivo y de un volumen que sorprende en un instrumento de su tamaño. Momento excepcional de la velada fue precisamente la interpretación en la primera parte de Españoleta y Hacha, dos solos de Lucas Ruiz de la Ribayaz, y en la segunda, corroborando las excelencias de instrumento e instrumentalista, otros dos solos anónimos: Cupidillo desdleal y Gaita gallega.

Todas las obras fueron cantadas en castellano. Por lo visto en los siglos XVII y XVIII no había en la nación española pretensiones lingüísticas en ninguna de sus regiones. Sí hubo en el concierto un anónimo, Mis suspiros, en el que el castellano se mezcla con el portugués, lo cual nos trajo al recuerdo ese importante monumento musical que son las Cantigas de Alfonso X El Sabio, cantadas en galaico-portugués y con el que España contribuyó de forma importante a la cultura musical de la Edad Media.

Así como en las cantigas lo religioso está muy próximo a las canciones de los trovadores (se sustituyó a la Virgen por la dama como es sabido), también en las obras del concierto se hacía difícil establecer los límites de lo religioso y lo profano, ya que la tendencia popularizante se manifiesta en los dos estilos. En unas notas que aparecen en el libreto del CD que el dúo tiene editado, José Ángel Vilas Rodríguez escribe al respecto: "En la Navidad era común que el texto introdujera personajes de baja extracción social que van a adorar al Niño: gallegos, portugueses, negros, etc. Esta razón justificaba la utilización de textos y música de fuerte influencia popular".

Los aplausos finales, mezclados con unos tímidos bravos, arreciaron reclamando la consabida propina. Resultó ser una deliciosa canción de Cassini: Amarilli mía bella.

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