Canciones con espíritu y sentimiento

Siempre es una satisfacción ver niños en un concierto de clásica no específicamente programado para ellos. Y el viernes, el Falla tenía espectadores de lujo y excepción. Cuatro niñas compartían las últimas filas de butacas con sus padres y otros tantos se repartían por distintas zonas de un teatro lleno en más de la mitad de su aforo. Una satisfacción y un acierto. Si la música exige de dosis y tacto para educar en su disfrute, un programa de canciones se perfila como una buena opción. Piezas cortas, en su idioma, bien vocalizadas por sus intérpretes, y en las que confluyen todos los rasgos de la modalidad española: el amor, el drama, el sentirse envuelto y arrastrado por un ritmo de danza.

Las canciones nos permiten, en su brevedad, poner a cero la escucha y la atención, recuperar el hilo conductor del concierto y darnos una nueva oportunidad al disfrute de este arte de combinar sonido y tiempo. Algo que los más pequeños, y seguro que muchos 'grandes', agradecen.

Las Canciones clásicas españolas de Obradors son un buen ejemplo de ello. Si sus letras son verdaderas joyas de la lírica castellana, la melodía y la tonalidad aúnan romanticismo y folklore con guiños flamencos y galantes. Canciones escritas originalmente para voz y piano, en esta ocasión la Orquesta Manuel de Falla, dirigida por Juan Luis Pérez, estrenaba la orquestación de Albert Guinovart. Una interpretación fluida e impecable y la cálida voz del tenor José Luis Sola conectaron con el público.

Siempre he tenido la sensación de que en el Falla la voz solista no parece tener su espacio y su sitio, y menos cuando está acompañada de orquesta. Al menos así se percibe desde el patio de butacas. Una pena en noches e interpretaciones como éstas.

Escuchar a Turina siempre es un placer, disfrutarlo en un Poema en forma de canciones, con la presencia rotunda de la soprano Ana María Sánchez, es realmente delicioso. Con afinación precisa, el escarceo entre voz y orquesta, auténticos apuntes sonoros a la narración, con piezas que se antojan cómodas pero exigen de una voz fuerte y entrenada para moverse en cambios rápidos de registro donde parece que no hay espacio para respirar. "Algo más que un toque de color", como dice la letra de una de las canciones y que la soprano alicantina dominó en todo momento y que culminó en la última obra del programa.

Por tercer año consecutivo la obra de Manuel Castillo acude al festival; esta vez con sus Cinco sonetos lorquianos. En defensa de la melodía, creo que hay ciertas obras y autores que requieren de hábito para escucharlas y tiempo para disfrutarlas. Seguro que para los más pequeños, entre otros, fue la obra más difícil de entender.

Cinco canciones con textos arábigo andaluces de los siglos XI al XVI, de Antón García Abril, Canciones del jardín secreto, un título evocador para un auténtico paseo sonoro por las mil y una noches de los jardines de Al-Andalus. Una bellísima obra que nos trae un García Abril diferente al que estamos habituados a escuchar. Sensualidad, dramatismo, misterio; una voz nos cuenta historias mientras la orquesta dibuja con detalle el entorno. Seguro que Boabdil, en su pena por perder la Alhambra, habría disfrutado de la interpretación de esta bellísima obra. Finalizada, los brazos de la soprano se dirigen a la primera fila del teatro y un hombre de pelo cano se alza de su butaca. Era García Abril como espectador de excepción.

A la salida una niña preguntaba a otra: "¿Te ha gustado?", y su amiga respondía: "Bueno, algunas cosas eran raras, pero me ha gustado". Después de más de una hora de clásica, el mejor apunte. El concierto había cumplido un improvisado objetivo, mantener la atención de la gente menuda.

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