Brillante pedestal para cuatro interpretaciones geniales

Los franceses inventaron la exacta expresión pièce bien faite (obra bien hecha) para designar los perfectos engranajes dramáticos del teatro comercial del siglo XIX. Este juego de maestría con convenciones escénicas sabiamente manejadas siguió triunfando en el siglo XX y ha entrado con excelente salud en el XXI. Para el cine ha sido -ya sea en registro cómico o dramático- un filón del que los grandes realizadores han extraído entretenimiento de oro puro y los grandes actores interpretaciones de muchos quilates. Así ha sido desde Un sombrero de paja de Italia de Clair (sobre una aplaudidísima obra de Labiche) hasta esta La duda que hoy nos ocupa, pasando -por citar algunas entre docenas de excelentes películas- por Testigo de cargo, Mesas separadas, La calumnia (a la que esta película tanto recuerda), El león en invierno o La huella, escritas para la escena por Agatha Christie, Terence Rattigan, Lilian Hellman, James Goldman o Anthony Shaffer y trasladadas a la pantalla para mayor gloria de Charles Laughton, Marlene Dietrich, David Niven, Deborah Kerr, Audrey Hepburn, Shirley MacLaine, Katherine Hepburn, Peter O'Toole, Lawrence Olivier y Michael Caine.

A esta tradición pertenece la obra teatral La duda de John Patrick Shanley, que rompió taquillas en Broadway y en el West End recibiendo los máximos galardones teatrales: el Pulitzer y el Tony. El propio autor, que había dirigido hace dos décadas su extravagante y melosa Joe contra el volcán, ha escrito el guión -terreno en el que había demostrado su maestría con Hechizo de luna, que le valió el Oscar, Cinco esquinas o Congo- y la ha dirigido. Ha sido un acierto porque descubre maneras de realizador sorprendentes en un novato (como la de sintetizar toda la película en dos figuras -el sacerdote y la madre del chico- vistas a través de puertas entreabiertas) a la vez que cuida de la escenografía y dirige a los actores con la sabiduría de un hombre de teatro.

Trabajando con mucha complicidad con el director de fotografía Roger Deakins (ocho veces nominado al Oscar, colaborador de Darabont y los Coen) y el diseñador de producción David Gropman, Shanley logra crear una atmósfera ambigua, a la vez protectora y opresiva, severa y confortable, bañada por una luz igualmente ambigua, que juega a la vez con la indecisión de los claroscuros y la precisión de una cortante nitidez, creando un mundo en interiores y exteriores unificados por la luz que, barnizado de tristeza por la música de Howard Shore, parece el desbordamiento de los caracteres de los personajes o la extroversión del juego dramático que los enfrenta.

Este juego se desarrolla en un mundo en transformación -1964: los Estados Unidos desalentados por la muerte de Kennedy y la Iglesia en tensión por el Vaticano II- enfrentando a la estricta directora de un colegio religioso (Meryl Streep) y al comprensivo sacerdote que les asiste (Philip Seymour Hoffman) a causa de la estrecha relación, denunciada por la inocente hermana James (Amy Adams), que une al sacerdote con el primer chico negro que el colegio acoge obedeciendo las leyes de integración, cuya madre (Viola Davis) quiere apartar de las calles a cualquier precio. No se trata de una película sobre los abusos sexuales obrados por sacerdotes que con tan desoladora profusión se han dado en los Estados Unidos, sino sobre la confrontación entre la inocencia y la culpabilidad, la certeza y la duda, lo imaginado y lo sucedido. No se trata de un juego entre buenos y malos, sino de una hábil exploración en los misteriosos resortes que mueven las acciones y, a veces, obran el mal persiguiendo el bien. El autor, guionista y realizador parece tener la capacidad de multiplicarse hasta asumir el punto de vista de cada personaje; y presentárselo al público sin condenarlo ni absolverlo. ¿Relativismo? No. Profundización en la compleja naturaleza humana.

Este casi milagro de ofrecer cuatro puntos de vista distintos hubiera sido imposible sin Meryl Streep, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams y Viola Davis (permítanme que, siendo extraordinarias todas las interpretaciones, me quede con la tensión interior de Meryl Streep). Sólo verlos actuar vale el precio de la entrada. Afortunadamente hay mucho más.

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