Barroca complejidad

Sor Juana Inés de la Cruz es de estas insólitas monjas que el catolicismo produce de vez en cuando, caso de la gran Teresa de Jesús. Entró en el convento sin mucha vocación tras un intento fallido de ir a la Universidad y desarrolló una brillante carrera literaria en sus escasos 43 años de vida. Curiosos tiempos los del Barroco donde una mujer podía desarrollar sus talentos en las celdas del convento mejor que en la sociedad civil. Allí se peleó con un jesuita por su vocación literaria, que incluye comedias de capa y espada. Su obra mayor es Primero sueño, un poema compuesto en silva cuya complejidad culterana deja en mantillas al mismísimo Góngora. Un viaje al conocimiento partiendo del sueño, esa gran obsesión barroca, donde algunos creen ver secretos arcanos esotéricos.

Es un texto arriesgado para ser puesto en escena, dado su carácter poco -más bien nada- dramático y porque esta abigarrada obra necesita más bien una lectura privada reposada que una exhibición pública, donde muchas claves se pierden. Las patronas lo recrean usando su esencia. Un viaje de la luz de una mortecina vela a un escenario plenamente iluminado. La actriz se desnuda y vuelve a ponerse las ropas de Sor Juana, como metáfora del camino del autoconocimiento. Se usan elementos del barroco, como los espejos, que dieron mucho juego literario en aquellos años. Pero se falla en lo principal. Es difícil hacer tolerable en escena este complejo texto dado que es un poema culterano, pero hacía falta además una recitadora menos monocorde. De lo que no cabe duda es que Sor Juana merece estar en un festival Iberoamericano, dado que nació española pero en lo que sería el futuro país de México.

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