Bailar en la oscuridad

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Tras un fundido María se alza al cielo como una rosa, como un ave rapaz de extremidades eternas que vuela con la mirada perdida, buscando saber quién es y hacia dónde va. María hurga en sus luces y en sus sombras. Poliédrica, remueve sus entrañas y convierte su Autorretrato, con el que fascinó anoche al público congregado en Villamarta, en un prodigio artístico de deslumbrante genialidad y, por momentos, de insoportable convulsión. Porque la sutileza de su último espectáculo duele y desgarra, emociona y turba. Juega con el espacio vacío de Brook pero subrayando en su caso lo sagrado de la danza (en sus más variadas formas y acepciones) y el flamenco. Aplica los elementos justos para tejer un microcosmos interior sombrío y que deja poco espacio -sólo en el tramo final de la obra- a las concesiones y los guiños al gran público. Todo lo contrario de aquella Sevilla de tambores, tipismo y opereta.

Pagés según Pagés. María dialoga consigo misma a través del espejo, como una Alicia que mira al mundo bajo una inversión de la realidad. Cóncavo y convexo. Lo mismo por soleá que bajo una fantasía para violín que ejecuta David Moñiz, insuperable a lo largo de sus incursiones en la propuesta. María se recoge en su silla plegando sus brazos sobre sí misma como si fueran las pieles de una cebolla. Es el cierre de su mágica revisitación de las Nanas de la cebolla, una pieza tremendamente superior a la que le recordamos incluyó hace cuatro años en Canciones para antes de una guerra.

Y la Pagés se afianza como una artista total: recitando, interpretando, derrochando quilates de mucho ángel con las rimas de los tanguillos de El trajín de María. Repiqueteando sus palillos frenética y fundiéndose con su mantón mientras lo mueve como una centella casi al final del espectáculo. Con un dominio total y absoluto de la escena y un conocimiento pleno de ella misma, sus mudanzas y sus ilimitadas posibilidades.

María se contornea y dibuja el ambiente al socaire de los versos de Saramago. Las tablas del escenario tiemblan cuando la sevillana se alza como una rosa, plena de sensibilidad, en total armonía y con su cuerpo escultural erigiéndose en canon de belleza. Porque María es una bailaora, ante todo, plástica. De una absorbente fuerza expresiva que en este Autorretrato sale a relucir como nunca antes la habíamos visto.

Un espectáculo, en cualquier caso, difícilmente digerible y en el que las reflexiones y los versos encadenados fluyen con pasmosa naturalidad y sin pretender buscar el alarde por el alarde y el aplauso fácil. Con una sobriedad que exprime al máximo todos los detalles, ya sean los marcos dorados que sirven para que los bailaores ilustren los retratos de familia que cuelgan de las paredes o los tres espejos a los que la bailaora se enfrenta en su soleá, la sevillana lo baila prácticamente todo. En bata de raso y con palillos o enfundada en una ceñida falda y con un top negro; únicamente con una trenza en el pelo, síntoma evidente de esa pretendida austeridad en las formas.

Del estudio a su hogar, de los camerinos al escenario. Son las cuatro estaciones de María. Las cuatro estancias del hogar donde habita el alma de la bailaora, donde se mascan los sinsabores y se acumulan los meandros de la vida y sus golpes más inexplicables. De la farruca aristotélica al zapateado que ejecutan fluctuantes los ocho miembros de su cuerpo de baile. Del suntuoso martinete y la debla a los tientos tangos con aires de La Niña para rematar con La tarara suave y deliciosa, apagándose de nuevo, volviendo otra vez a los espacios más lúgubres de sí misma con los ecos resonando de Ana Ramón e Ismael de la Rosa. Fueron las excelentes voces cantaoras de un atrás sincronizado, muy superior a la generalidad de las compañías, y que se envuelve acertadamente en cada una de las escenas que conforman el espectáculo de la firmante de obras como Sevilla y La tirana.

Pagés bailó a Pagés con la sencillez no buscada ni perseguida de las obras de arte, interpretando no un personaje sino su propia piel. Los surcos más profundos de la vida vomitados sobre el escenario. Acabó visiblemente exhausta pero dispuesta a enfundarse de nuevo en su mantón y agitarlo rabiosa para despedirse definitivamente de un público que le tributó una ovación de las que no se recuerdan.

Como dejo dicho el Premio Nobel luso, "dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos". Lo de María Pagés en Autorretrato realmente no tiene nombre. Como no lo tiene la belleza, las pequeñas cosas y los perfumes que se evaporan con sólo ser olidos. Alzo una rosa, en fin, "y dejo, y abandono cuanto me duele de penas y de asombros". Por eso María Pagés cierra su profundo autoanálisis, su íntima e integra reflexión, por cantiñas y bulerías con aroma a Cádiz. Remarcando que, al fin y al cabo, mañana será otro día y no hay que dejar de celebrar la vida. Es sólo un momento de luz y color, de vivir y soñar, en la negra espesura de un montaje de densa y profunda reflexión y sobrecogedor baile a puerta cerrada.

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