Asedio al francés en la costa

  • Lourdes Márquez presenta 'Recordando un olvido: pontones prisiones en la Bahía de Cádiz (1808 a 1810)', con las calamidades de más de 20.000 franceses recluidos

Frente al asedio que los gaditanos sufrieron hace doscientos años en tierra, se produjo otro apenas conocido en aguas de la Bahía. El de los prisioneros franceses recluidos en pontones frente a las costas de la ciudad, en antiguos navíos de línea que fueron convertidos en auténticas cárceles flotantes. Las calamidades que vivieron más de 20.000 hombres son ahora rescatadas de las mareas del olvido por la historiadora Lourdes Márquez Carmona, que ayer presentó en San Fernando, de la mano del historiador Alberto Ramos, su libro Recordando un olvido. Pontones prisiones en la Bahía de Cádiz. 1808-1810.

Los trabajos de documentación puntuales que la gaditana realizó de los naufragios de Trafalgar sirvieron en bandeja las historias de muchos hombres anónimos que vieron truncados sus destinos en este capítulo tan desconocido de nuestro pasado más cercano: la batalla de la Poza de Santa Isabel, que tuvo lugar en el marco de la Guerra de la Independencia. Fue en esta contienda cuando los hombres de la escuadra naval francesa -al mando del vicealmirante Rosily- quedaron rendidos, erigiéndose como la primera batalla en la que "el ejército español venció al napoleónico", puntualiza la autora acerca de la contienda, que tuvo lugar tras sufrir el bloqueo inglés en aguas gaditanas desde 1805 a 1808. Pero Napoleón entró en escena y Francia pasó a ser enemiga.

Así, a los 3.676 marineros de Rosily vencidos por España se unirían pronto los 17.350 hombres del general Dupont, capturados en la victoriosa Batalla de Bailén. Juntos y hacinados compartirían su suerte a bordo de los denominados "sepulcros flotantes", un total de ocho, donde la mayor concentración de hombres tuvo lugar de 1808 a 1810. Un largo periodo de reclusión en las más extremas condiciones de habitabilidad y salubridad.

"Cuando descubrí las vivencias de sus protagonistas empezó mi interés por lo ocurrido desde el punto de vista humano, por contar las calamidades en aquellos navíos", explica la autora de esta obra, cuyas ilustraciones corren a cargo del pintor Adolfo Valderas.

Entre los testimonios figuran los de Henri Ducor, publicado en un libro en 1833. Cuenta la historiadora que en 1809, en los cuarteles de San Carlos, corría el rumor de que el destino de los soldados dependía del cuerpo militar al que pertenecieran. "Los marinos de Rosily -entre los que estaba Ducor-irían a las Islas Canarias y los soldados de Dupont, a Mallorca", donde supuestamente fueron enviados por su cercanía a Francia para ser devueltos.

"Ducor efectuó un intercambio de uniforme con un soldado del ejército de Dupont, que al hallarse gravemente enfermo no le importaba su destino", señala la autora. Pero fue "un craso error", pues su destino fue terriblemente cruel, ya que fue enviado finalmente a Cabrera, donde corrieron peor suerte los prisioneros. Gracias a él y a otro tantos testigos sabemos de enfermedades a la que fueron expuestos en los barcos, las muertes que presenciaron y la escasez de productos de primera calidad como alimento o agua en la isla de Cabrera.

También estuvo recluido en uno de los pontones Michel Maffiotte -timonel del Indoptable-, uno de los afortunados sobrevivientes trasladados a Canarias que pudo contarlo. "Su tataranieto vino a la presentación de mi último libro y me entregó sus memorias".

Memorias de un hecho insólito del que también acaban de cumplirse dos siglos. Y aunque no entra a juzgar la actuación española, "pues después de todo andaban defendiendo lo suyo", saca a flote sus historias, para inmortalizarlas en la memoria de todos.

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