Arcángel, de piel a piel

  • El cantaor onubense toca el cielo durante su recital en la azotea de la Casa Pemán donde colocó su 'Tablao' para gozo de un selecto público

Así, a vuelapluma, les propongo tres perspectivas de un mismo tablao. En la primera, nos acercamos a una de sus orillas. El cantaor relajado, hasta risueño, se acomoda al mismo filo de la escena, toma la guitarra del tocaor y saca de sus manos una sevillana a la que pone voz y letra la bailaora que se lanza a cantar a su vera. En la segunda caminamos hacia el centro de la escena. Dos sillas de enea son ahora ocupadas. La sonanta ya en poder de su dueño se reivindica con todo su potencial y el cantaor, con un rictus más duro, concentrado en la magia del aquí y del ahora, conjura la soleá por bulerías. Para contemplar la tercera perspectiva del tablao lo sobrevolamos. Imaginamos ver lo que el cantaor ve. A un público inquieto por las rachas de aire frío, por los veinte minutos de espera y, al fin, descolocado ante una voz que se derrama desde dios sabe dónde... Vemos los jarrones de piedra rematando la magnífica azotea, vemos, con sólo mirar al frente, las torres de San Antonio, el Palacio de Aramburu... Vemos lo que el cantaor ve, las vacías tablas de madera y al selecto público levantando la barbilla y encontrándolo, al fin. Encontrando a Arcángel en la pequeña torre mirador, desde donde regala sus fandangos de Huelva y Alosno, desde donde desciende hasta la espléndida solana de la Casa Pemán para protagonizar un recital sin artificios, un recital de piel a piel.

Un recital que se ajusta perfectamente al patrón del que salen los conciertos de su gira Tablao. Público reducido en enclaves con encanto que disfrutan de un espectáculo lo más orgánico posible. La sede en Cádiz de la Fundación Cajasol cumplió su parte, el cantaor y compañía, con creces, cumplieron con la suya. El resultado, un recital a la altura de un gran disco, respetuoso con su esencia, valiente a su manera, y una velada donde la palabra único recobra su sentido.

Arcángel cantó de pie, con la mano en el bolsillo, con las palmas abiertas, con los índices señalando el compás. Arcángel cantó sentado, sacando desde su mismo centro la sabiduría y el coraje, haciendo fácil lo inmensamente complicado, dulce, lo insondable. Arcángel cantó en la silla de enea, en la orilla del tablao, en la torre... Y cantó al natural, a fe que así lo hizo. Sin enchufes, sin amplificar. Y supo a gloria. A gloria en las alturas.

Cierta descoordinación inicial -que no todo fue perfecto- entre el onubense, sus paisanos Los Mellis y el cantaor Vicente Redondo El Pecas en la ronda por Huelva fue, pronto, corregida con la entrada de las guitarras de Dani de Morón y Salvador Gutiérrez para encauzar una tarde-noche que se deshacía en todos los tonos de azul posibles.

Arcángel, divino enviado de allá donde viva el duende, visita los dominios de la Azucena de Quintero, León y Quiroga con delicadeza y compás, al igual que deja caer sinuosos los tangos donde la tristeza "se acurruca" en la cama del olvido, o se despide Al filo de la alegría dejando pletórico al respetable. Porque caracolea su voz por los versos, sin excesos, gustando pero sin gustarse. En equilibrio las fuerzas ocultas del poder y el saber.

Con el mismo caudal exquisito y limpio -¡cómo vocaliza el cante este intérprete!- llega uno de los grandes momentos de la noche, el de la soleá por bulerías con un Dani de Morón inspiradísimo (sin desmerecer a Gutiérrez que demostró técnica y corazón a partes iguales) y un Arcángel completamente entregado al palo, emoción y transmisión pura.

Tampoco se queda corta la granadina Patricia Guerrero en ese arte de narrar sin mediar palabra. La bailaora demuestra en sus apariciones un conocimiento alquímico de los pasos y las poses que provocan aquello del pellizco. Y es que el elenco se preocupó por transmitir la filosofía cercana del Tablao pero apostando por una propuesta estética de calidad. Un vestido hermoso el de la propia piel.

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