"Admiro a la gente capaz de ser desvergonzada con estilo"

  • Eduardo Mendicutti presenta esta tarde en la Biblioteca Provincial 'Mae West y yo'

"Cuando soy buena, soy muy buena. Pero cuando soy mala, soy mucho mejor". La cita -un clásico del imaginario popular en la conquista femenina- se debe a Mae West, aquella legendaria actriz del Hollywood de los 30 y 40, voluptuosa, rubia platino y provocativa que le sirve a Eduardo Mendicutti (Sanlúcar de Barrameda, 1948), cinéfilo empedernido, como segunda voz en su nueva novela, Mae West y yo (Tusquets), que presenta esta tarde en la Biblioteca Provincial de Cádiz, dentro del ciclo Letras Capitales. Confiesa el autor que esta narración tiene algo de "datos autobiográficos" por una razón simple: "Tengo poca imaginación. Por ejemplo, soy fatal para la recreación de los escenarios y aquí, Sanlúcar es Sanlúcar y Jerez, Jerez".

Y es que el regreso a su tierra natal tiene un decidido peso en la obra: "Quería hacer una novela de reencuentro con el pasado a la manera de El palomo cojo pero al revés". Si en ésta Mendicutti retrataba la vida de un niño enfermo que llega a casa de sus abuelos y descubre el mundo, en Mae West y yo, explica, "es un adulto el que vuelve al lugar y los personajes de la infancia, con lo que el recuerdo y cierto tono melancólico están muy presentes" en la obra.

En este viaje al origen de muchos de los pasajes de su niñez y el dolor antes las inevitables despedidas que llegan con la edad, Mendicutti crea el personaje de Felipe Bonasera, diplomático de discreta carrera al que plantea una relación con una señora, "incluso aunque el personaje fuera gay porque lo fundamental es que es soltero, sea gay, heterosexual o lo que se quiera".

Con el humor "como instrumento para hacer frente a la adversidad" -la enfermedad que le diagnostican- y las aficiones "aparentemente superficiales", como el cine y el fútbol, "que llegado un momento pueden ser muy consoladoras", se teje un relato que ahonda, define Mendicutti, en "los misterios de los afectos: uno parece estar muy seguro del cauce por el que va su sentimentalidad y unas circunstancias determinadas hacen que varíen por completo". Y todo ello de la mano de una segunda voz. A Mendicutti, que ha hecho gala en su obra narrativa de un finísima ironía gay que repara con agudeza en la observación de lo cotidiano, le interesaba mucho ese aspecto. "Todos tenemos una voz oficial, de cara al exterior y luego, una interna, díscola, que aquí he canalizado a través del hecho de que el personaje sea ventrílocuo aficionado y tenga muñecas" que representan a las actrices del Hollywood dorado. La voz "amaestrada del diplomático" tiene su revés "en la voz mordaz, sarcástica y vitalista de Mae West". "Para mucha gente de mi generación, cuando las cosas no eran muy evidentes en ninguno de los sentidos, cuando este país estaba totalmente asfixiado por la dictadura, el cine fue una fuente de aprendizaje, una manera de construir esas libertades en nuestra imaginación".

¿Y por qué Mae West y no otra? "Porque era un disparate de señora. De las tres que tenía, Marlene Dietrich tiene humor pero es ácido, Marilyn, candoroso. El de Mae West es desvergonzado. Admiro mucho a la gente desvergonzada con estilo. Posiblemente porque no lo soy nada, soy infinitamente pudoroso, aunque la gente que me lea puede pensar lo contrario", explica el autor a propósito de una actitud extendida en los tiempos que corren pero en su versión zafia. "La desvergüenza que ahora vemos carece de artificio artístico, de creatividad en sus aspectos lingüísticos", asevera el autor gaditano, que señala no sólo a la televisión como cabeza de este dudoso ranking de lo vulgar, sino también "a gente de la cultura y la política" a las que se les presupone un discurso coherente en las formas: "Se le tiene miedo a la expresión elaborada", concluye.

El cuidado por las palabras ha impregnado el estilo de este escritor y periodista a través de cuya obra puede radiografiarse la evolución de la mentalidad en España, de la mojigatería a la impudicia. "El desarrollo del país y la visibilidad de las libertades ha ido educando al lector, no sólo en el aspecto sexual, sino en los conflictos de clase, en la convivencia... Hay señoras de mucha edad que me reconocen que hace 10 ó 15 años hubieran sido incapaces de leer libros míos y ahora lo hacen sin ruborizarse".

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