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ARTE SANTANDER. Las cosas claras

Una de las fotografías de Dionisio González. Una de las fotografías de Dionisio González.

Una de las fotografías de Dionisio González.

No era para mí nada esperanzador, ni mucho menos, sordo para la música como soy, llegar al recinto del Palacio de Exposiciones de Santander y encontrarme con una multitud de jóvenes esperando el comienzo de un concierto. No tuve ni que preguntar porque las horripilantes camisetas fosforescentes indicaban, con la imagen del ídolo, de quién se trataba: Julio Iglesias, hijo del otro Julio. Sólo cabía abstraerse, dejar a un lado a los musiqueros y enfilar hacia lo que me interesaba.

Debo decir que siempre me gustó Santander y siempre admiré lo realizado por Juan Riancho al frente de una Feria que, sin duda, es referente de buen hacer y que, dejando atrás las exuberancias de ARCO, se puede considerar la mejor, con diferencia, de España y de algunos otros lugares del mundo. La capital de Cantabria está exultante, bella a más no poder y con esa elegancia natural, no impostada, que la hace única. Ahora, artísticamente, está de moda por ese espléndido Centro Botín que el genial Renzo Piano ha realizado encima, literalmente, del muelle y se adentra, también literalmente, en las aguas de la Bahía santanderina. Los espacios son increíblemente maravillosos, como espléndidas son las tres exposiciones con las que se ha abierto el Centro: "Arte en el cambio de siglo", con una selección de las obras adquiridas por la Fundación en las últimas dos décadas - piezas de Juan Uslé, Miroslaw Balka, Juan Muñoz, Fernández Sánchez Castillo, Juliao Sarmento, Jannis Kounellis, Lara Almarcegui, Antoni Muntadas, Tacita Dean, Wilfredo Prieto, entre otros -, Carsten Höller y los Dibujos de Goya. A la bella ciudad del norte de España, un centro como este le puede servir de revulsivo y entrar en los circuitos de un arte necesitado de buenos proyectos, como este.

La Feria de Arte de Santander ha llegado a su vigésimo sexta edición. Lo hace como viene siendo habitual, con un programa muy bien adecuado a todo, al arte serio y riguroso, a los galeristas de verdad, a los artistas comprometidos y, por supuesto, a la ciudad. Juan Riancho, su Director, hace unos años cambió la filosofía de la Feria, dejó a un lado lo que era costumbre en este tipo de eventos y apostó por una modalidad por la cual los galeristas presentaban el proyecto de un artista que era valorado por un comité de expertos - el de ahora estaba formado por Moisés Pérez de Albéniz, Emilio Navarro y Manuel Navacerrada - y seleccionado los mejores. En esta edición han sido cuarenta y dos los elegidos que conforman un catálogo completo, justo y sin excesivas alharacas distorsionantes, además de preocupantes. Se trata de un sistema que gusta a casi todos y que otorga a Arte Santander un atractivo añadido. A este que esto les escribe le parece un acierto total porque deja al margen las extravagancias irracionales que algunas galerías presentaban en medio de sus propuestas; además, existe mucha mayor sensatez, rigor y trascendencia artística.

Varios asuntos dignos de ser mencionados se ha encontrado el visitante a la Feria. En primer lugar la entrada es gratuita, lo que favorece el acercamiento general a este tipo de acontecimientos que, de otra manera, alejaría a un cierto sector de la población, acentuando el considerable desapego que existe hacia el Arte Contemporáneo por una gran parte del público. Además encontramos un espacio muy abarcable, casi íntimo, comparado con las sedes de otras Ferias.

En cuanto al contenido son, también, varias circunstancias las que nos han parecido más que interesantes. Hemos encontrado muy buena pintura - la de Estefanía Martín Sáenz en Gema Llamazares de Gijón, la de Martinho Costa en Silvestre de Madrid, la de Gonzalo Sicre en My Name`s Lolita, también de Madrid, la de Rafa Macarrón en Juan Silió de Santander, la de Guillermo Oyágüez en Estela Docal de la capital cántabra, la de Ruth Gómez en Espacio Marzana de Bilbao, la de Xesús Vázquez en Siboney de Santander, la de Víctor Alba en Espiral de Noja, la de Claude Viallat en Rafael Pérez Hernando y la de Phil Frost en Javier López & Fer Francés, las dos de Madrid -; nos hemos dado con proyectos de gran espectacularidad como el de Baltazar Torres (Ángeles Baños de Badajoz ) que reflexiona sobre la relación del hombre con su contexto existencial; el de Victoria Civera (Moisés Pérez de Albéniz de Madrid ) que crea una entidad encadenada que transcurre a la búsqueda de un objetivo; el de Pamen Pereira (Artizar de La Laguna, Tenerife) con su inclinación hacia lo mínimo, hacia lo escueto, hacia aquello más esencial desprovisto de elementos desvirtuantes; el de Ana Vernias (Shiras de Valencia ) con sus formas arquitectónicas, que recuerdan casitas de muñecas, que portan en su interior el germen de un proceso; el del linense Juan Carlos Bracho (Ogami Press de Madrid ) y su preocupación por el error como parte de todo proceso creativo.. Y así algunos más que atrapan la mirada y comprometen al espectador para que todo no se quede un mero discurso más o menos atractivo.

A nosotros nos interesaba, como no podía ser de otro modo, la presencia andaluza. Cuatro galerías, dos malagueñas y dos sevillanas, habían obtenido la consideración del comité seleccionador. Rafael Ortiz, hacía gala, como es habitual en su esclarecedor trabajo, de su saber y de su infinita trascendencia como galerista. Esta vez nos presentaba una serie de obras, de dispar naturaleza creativa, de la artista portuguesa Dalila Gonçalves cuya intención claramente atendía al transcurrir implacable del tiempo. Para ello se vale de materiales usados y sacados de su contexto habitual; también de sutilísimas piezas como el ticket de los que se utilizan para los turnos en los establecimientos y que la artista ha creado en fina porcelana, sin número que identifique y que aluda a tiempo alguno; así mismo piezas de relojes que han detenido su discurso temporal. Todo, en definitiva, lleno de rigurosidad creativa, sentido plástico, dimensión estética y fortaleza significativa. También portugués es Nono Sousa Vieira que ha sido la apuesta del Espacio Olvera, una galería alternativa que se inauguró el septiembre pasado en el sevillano Polígono de San Pablo. El stand se llena de piezas que responden claramente a una intención procesual. Las obras mantienen una clara circunstancia de transformación, de valores intrínsecos, sin participar de esas circunstancias efímeras, industriales, que existen en todo lo que rodea a esta sociedad de consumo.

Javier Marín, ese héroe de lo artístico que subsiste en Málaga al frente de su galería de la Calle Duquesa de Parcent, nos presenta uno de los más atractivos proyectos de la Feria. Se trata del que presenta Alegría y Piñero - la cordobesa Alegría Castillo Roses y el chiclanero José Antonio Sánchez Piñero - por el que nos sitúa en una serie de obras que tratan sobre una búsqueda intensiva sobre el sonido, el habla y todas sus infinitas circunstancias. De esta manera los artistas crean unos artefactos, unas increíbles esculturas, con la intención de encontrar la esencia del sonido; obras que pueden ser manipuladas por el público y extraerle todo su poder estructural, plástico y significativo. Por último, la marbellí Yusto Giner presenta la obra de Dionisio González, una colección de fotografías en las que se realiza una reflexión exhaustiva sobre las formas de vivir de algunos pueblos.

Santander, un año más - y van veintiséis - nos pone en sintonía con el mejor Arte Contemporáneo. Lo hace con sentido, claridad, sensatez y verdad. Todo lo que, tantas veces, echamos en falta en ciertos ambientes del Arte más inmediato.

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