Cuba: El último bastión comunista

El 26 de Julio de 1953 brotó el germen de una revolución en Cuba. Aún no amanecía cuando el hijo de un matrimonio burgués, Fidel Castro, dirigió a un grupo de jóvenes guerrilleros hasta el asalto al cuartel Moncada. Probablemente, aquel abogado no imaginaba que se convertiría en el líder de una de las últimas repúblicas comunistas del globo. Y todo ello a pesar de que la incursión fracasó. Sin embargo, el espíritu de la revolución sería ya imbatible, incluso tras la victoria el uno de enero de 1960.

Oficialmente, el socialismo en la isla no queda instaurado hasta abril de 1961. Esto coincide con la decisión de Castro de alinearse, en plena Guerra Fría, con el bloque soviético; algo lógico, ya que la isla necesitaba el apoyo de una potencia mundial fuerte para hacer frente a los envites estadounidenses. Por otra parte, para la URSS la situación geoestratégica de Cuba era una oportunidad de estar físicamente cerca del país capitalista, al que podría amenazar cómodamente, como se vio en la denominada Crisis de los Miles.

Sin embargo, la conexión Habana-Moscú no duraría eternamente: el fin de la Guerra Fría, la caída del muro de Berlín y el desmembramiento en 1991de la URSS –que había sido el primer estado socialista del mundo-, dejaban a la isla sola ante el gigante “imperialista”. Durante los primeros años de la década de los noventa, la gran mayoría de los estados socialistas del mundo dejó de existir.

En 1990 La República Popular Polaca retornó al multipartidismo y al capitalismo. Tras la desaparición de la URSS en 1991, los conflictos nacionalistas acabaron poco después con la República Federal Socialista de Yugoslavia; en los años sucesivos, los demás estados socialistas de Europa correrían la misma suerte.

A pesar de ello, Cuba ha sido capaz de resistir un bloqueo por parte de EE.UU que seha ido endureciendo con los años y ha visto gobernar a diez presidentes de dicho país. Más de cuarenta años después de la revolución, Cuba no ha dejado morir el espíritu del ataque al Moncada. La república se erige como uno de los últimos bastiones comunistas, en un panorama global en el que ya no quedan titanes “rojos”, y en el que países socialistas como China o Vietnam se dejan seducir, poco a poco, por la economía de mercado.

El bloqueo:

Un año después de que Castro declarara el estado socialista en Cuba, los Estados Unidos, obsesionados por la “amenaza roja” y deseosos de acabar con Castro y su modelo político, pusieron en marcha el bloqueo económico y financiero que aún dura hasta nuestros días. El fin de la Guerra Fría aún no se veía en el horizonte, de modo que tener como vecino a un país comunista no era precisamente una situación cómoda para la superpotencia.

Este bloqueo no surtiría el efecto deseado hasta la caída del muro de Berlín y la sucesiva desaparición del socialismo en el continente europeo. Hasta entonces, las buenas relaciones que Cuba mantenía con la URSS permitían a la isla obtener lo mínimo necesario para subsistir sin que el embargo causara estragos en el régimen castrista. En cambio, la extinción de la URSS y la creación de las leyes Torricelli y Helms Burton en 1992 y 1996 respectivamente, convirtieron al embargo en un problema de primera magnitud. No sólo ha provocado un fuerte retraso en el desarrollo del país, sino que ha privado a los cubanos de alimentos y medicinas básicos.

Esta medida –que, según el vecino del norte, se tomó para liberar al pueblo cubano- ha sido muy criticada por casi toda la comunidad internacional. Las condiciones exigidas por EEUU para eliminar el embargo –tales como realizar elecciones libres bajo supervisión internacional o trabajar por el desarrollo una economía de libre mercado- hacen casi imposible una transición a corto o medio plazo para Cuba. Incluso los cubanos anti-castristas – como Oswaldo Payá Sardiña, coordinador del Movimiento Cristiano de Liberación (MCL)-, están de acuerdo en que el bloqueo debería desaparecer, puesto que éste no hace más que contribuir a la cohesión del régimen: gracias al embargo, el gobierno transmite a los cubanos que la isla es aún la víctima de una potencia extranjera.

Polarización de la sociedad cubana:

Durante más de cuarenta años al frente del gobierno de Cuba, Fidel Castro ha demostrado algo más que ser capaz de abordar los más largos discursos. Oratoria aparte, ha dado pruebas de poseer un carisma excepcional, y son muchos los cubanos que apoyan sin ambages al Comandante en Jefe. Sin embargo, a pesar de las “restricciones” en lo que a libertad de expresión se refiere, su figura divide en dos la isla caribeña.

La principal tesis de los que apoyan al comandante es que, gracias al régimen, es posible una Cuba libre del imperialismo americano. Y no dudan en alabar la política de Castro en materias como la educación –en la República de Cuba el índice de alfabetización roza el 100%-y la sanidad –incluso la cirugía estética es gratuita-. Además, para el colectivo afín al régimen, el bloqueo por parte de los EEUU no es más que una prueba de la agresión que la superpotencia aplica a la isla de modo sistemático. Como dice la proclama: “patria o muerte”.

Los anticastristas, en cambio, desean en su mayoría la implantación de la democracia en la isla, y opinan que la situación cubana es insostenible: el control total que existe sobre los medios de comunicación, la presión que se ejerce ante cualquier iniciativa privada y la falta de libertad individual son sólo algunas de las razones que ofrecen. No en vano, se estima que desde el comienzo del régimen comunista entre un 15 y un 20 por ciento de la población ha huido del país.

Relación con la Iglesia:

Si en el aspecto político Cuba es una nación dividida, todo lo contrario ocurre en lo que a la religiosidad se refiere. Gracias a la libertad de culto presente en la isla, existe un crisol de religiones que conviven pacíficamente, aunque se estima que la mitad de la población es católica. También están muy presentes el sincretismo y la religión yoruba, cuyas raíces hay que buscarlas en los cultos africanos.

Si bien en los primeros años de la revolución las relaciones con la Iglesia Católica fueron tirantes, la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba en enero de 1998 fue histórica tanto para el sumo pontífice como para Castro. Y es que los ojos de medio mundo miraban al caribe para ser testigos de la llegada al país socialista del Papa que colaboró al fin del comunismo en Polonia. Sin embargo, el encuentro fue un ejemplo de entendimiento entre la Iglesia Católica y el régimen cubano. La visita estuvo marcada por la condena por parte del Vaticano del embargo, aunque también se recriminó al dirigente cubano la falta de libertad de expresión y asociación o la encarcelación de algunas personas por razones políticas. Estas críticas fueron acogidas de buen grado por Castro.

El lazo de unión dejado por Juan Pablo II aún sigue vivo. Tanto es así que Castro invitó a Benedicto XVI a visitar la isla, además de pedir ayuda a la Iglesia para frenar el alto índice de abortos del país.

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