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"Soy un músico que compone"

  • El Museo Universidad de Navarra ha publicado en formato audiovisual 'Siempre / Todavía', la ópera sin voces que Alfredo Aracil estrenó en el centro pamplonés en octubre de 2015

Alfredo Aracil (Madrid, 1954) en su mesa de trabajo. Alfredo Aracil (Madrid, 1954) en su mesa de trabajo.

Alfredo Aracil (Madrid, 1954) en su mesa de trabajo. / josé latova

Mientras preparaba el estreno de Siempre / Todavía en el otoño de 2015, Alfredo Aracil (Madrid, 1954) recibió el Premio Nacional de Música. "Eso ayudó a la difusión de la obra. Por ejemplo, en el Festival de Granada [que Aracil dirigió entre 1994 y 2001] quisieron hacer algo sobre mí, y encontraron en esta obra la posibilidad idónea". Siempre / Todavía combina imágenes y textos de Alberto Corazón proyectados en una pantalla con una partitura para piano que interpretó en el estreno (y desde entonces) Juan Carlos Garvayo. "La idea de la obra es original, el espectáculo, completo y el coste, muy razonable. El apoyo del CNDM permitió también que se programara en diferentes espacios. Ahora en septiembre la haremos en el Museo Vostell de Malpartida (Cáceres). Será en disposición museística y no teatral. Está el piano en un sitio, dos pantallas en otro y estaremos rodeados de las obras de la gran nave donde se va a presentar. Siempre / Todavía continúa su desarrollo y puede convertirse en una pieza de repertorio del audiovisual en los próximos años".

-¿Estaba prevista la grabación desde el principio?

Siempre he sido muy curioso y un poco rebelde, siempre tenía en mi cabeza el por qué no"

-En nuestra cabeza, sí, aunque no sabíamos cómo ni cuándo. Tuvimos la suerte de que gustó mucho y de que para el Museo Universidad de Navarra puede considerarse muy emblemática de su oferta, porque combina la parte visual con la musical y la teatral. Les estamos muy reconocidos por apostar por un espectáculo de este tipo.

-Usted empieza a componer a principios de los 70. ¿Se siente miembro de alguna generación?

-De la generación de José Ramón Encinar, Pablo Rivière, Paco Guerrero, por edad, por amistad, porque compartimos profesores, por nuestras ilusiones comunes, pero no en el sentido de una determinada escuela de estilo.

-Eran años de apogeo del serialismo, pero su música se movió siempre por caminos originales. ¿Es Alfredo Aracil un verso suelto de la música española?

-En aquellos años había dos formas de ser un compositor tolerado por las vanguardias: serialista europeo o cageano americano; o la serie o la aleatoriedad. Yo siempre he sido muy curioso y un poco rebelde, siempre tenía en mi cabeza el por qué no… Por qué no puedo meter un acorde de quinta, por qué no puedo mezclar la serie con otro procedimiento. En ese sentido, sí, siempre he sido un verso suelto. Y de hecho me sigo considerando un compositor en formación, que voy descubriéndome y descubriendo la música que quiero ir haciendo. Eso indudablemente te lleva a mirarte a ti mismo, a tus posibilidades técnicas, a tus enfoques poéticos, más que hacia fuera. No me he tomado nunca la música como una profesión, sino como una aventura personal. No soy un profesional de la composición, soy un músico que compone, y lo hago como parte de una indagación personal, cultural, siempre con el deseo de comunicar a los demás aquello que voy encontrando.

-¿Qué papel juega en su obra el oficio?

-Empecé a componer con mucha ilusión y no mucho oficio, sin demasiada formación musical. El oficio lo fui encontrando y mejorando a medida que estudiaba y componía. Pero fue un proceso muy personal, no se trataba de saber cómo hacían las cosas los otros, sino de tratar de construir yo mismo mis propias maneras de usar las herramientas que iba adquiriendo.

-En su oficio es fundamental la goma de borrar.

-Tan importante como el lápiz. En una clase en el Conservatorio, Carmelo Bernaola me pidió desarrollar en la pizarra una estructura a partir de una serie. Cuando terminé, la pizarra estaba llena de tiza. Carmelo me dijo: "Alfredo, se compone tanto con la goma como con el lápiz". Empecé a borrar cosas en la pizarra y ya he seguido borrando toda mi vida. Ahora las estructuras me salen ya muy sencillas, muy pensadas, les dedico mucho tiempo, y requieren poca goma.

-¿Ese despojamiento es algo que también da la edad?

-Sin duda. Al principio parece que tienes que contar todo lo que sabes y todo lo que se te ocurre. Parece muy natural. Luego te das cuenta de que transmitir una sola idea puede ser mucho más potente que tres a la vez. Entiendes que es importante decidir en cada momento qué es lo que quieres decir, para qué has decidido perder semanas o meses componiendo una obra y para qué el público va a perder 10, 15 o 20 minutos de su vida con esa obra. Te pones muy intransigente con la economía del tiempo, y vas depurando cada vez más. En alguno de los cursos que doy como profesor me han pedido una definición de mi música. La primera vez no la llevaba preparada, pero dije que mi música es algo en que suceden muy pocas cosas y muy despacio, y por eso hay que prestarles mucha atención.

-Hay muchos que piensan que es un mal momento para la música clásica.

-Uno de los más bellos ritos que existe es el del concierto: unos instrumentistas especializados que se suben a un escenario para encontrarse con una serie de personas que han decidido escucharlos durante una hora y media o dos horas, algunos después de recorrer muchos kilómetros. Pero esto es algo que cuesta dinero y no vivimos en la sociedad más idónea para que florezca. Al final se sostiene porque muchos estamos empeñados en que este es nuestro modo de pasarlo bien, de conocer y de transmitir conocimiento. El creador y el intérprete se han convertido en los principales patrocinadores de la música. Estamos haciendo un ejercicio de voluntarismo para mantenerla en pie. Desde que decidí dedicarme a la composición me di cuenta de que sin ayudas era algo sin futuro, y me propuse ser yo mi propio ayudante, no ser profesional de la composición, sino buscarme otros trabajos que me permitieran ser mi propio mecenas como compositor.

-Uno de los problemas de los compositores actuales es el de la reposición de sus obras. ¿Le afecta?

-Tengo la suerte de que mis obras se tocan varias veces. A veces tienen que esperar dos o tres años, pero luego resucitan y ya tienen un cierto recorrido. Quizás sea porque compongo poco, una o dos cosas al año, y eso hace que mi catálogo esté más abierto a reinterpretaciones.

-¿Y en qué está ahora para aumentarlo?

-En unos días terminaré una obra para viola sola que estrenará en marzo Tatjana Masurenko, Preludio y coda, que parte de un Preludium para violonchelo solo, escrito en su día para preceder a la Suite nº1 de Bach. Tengo también entre manos tres piezas para saxofón, contrabajo y acordeón para el Trío Feedback. Y un nuevo motete para el grupo Musica Reservata sobre el Nigra sum. En todas ellas puedo trabajar con los intérpretes, que es lo que más me interesa ahora. Al principio componía muy en abstracto; conforme he ido cumpliendo años me he dado cuenta de lo satisfactorio que resulta componer junto al intérprete.

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