La conjura de los necios

LA feria de las vanidades ya está en marcha. Arde el ruedo ibérico y con la agitación mediática, los mítines y los debates temblarán hasta los pilares de la tierra. Los dos prohombres de moda buscan las cumbres borrascosas del poder y no piensan en otra cosa que en atravesar esa montaña mágica (rusa en rigor) de los cara a cara -en los que las ideas brillarán menos que los dientes blancos- que determinarán por quién doblan las campanas el 9 de marzo.

Los dos megalíderes vuelan como una gran mosca por todo el país en busca del tiempo perdido. Uno persigue la metamorfosis de candidato a presidente en el viaje al centro de la tierra del que descarriló hace cuatro años. El otro tratará de catapultar a su adversario a los cien de años de soledad parlamentaria en el nombre de la rosa. Naturalmente, echando mano de sus amistades peligrosas en rojo y negro, puesto que en el corazón de las tinieblas de los pronósticos se alza más altiva que nunca, bronceada por los sondeos, la celestina de los pactos.

A todo esto, crimen y castigo se perfilan de nuevo como compañeros de viaje del proceso electoral, en un país en el que los miserables han vuelto a entonar el largo adiós a las urnas, aunque las flores del mal no han sido extirpadas, sólo arrancadas, y las ratas siguen escribiendo el libro del desasosiego sobre héroes y tumbas.

Así que la insoportable levedad del ser de ese corazón tan blanco que al cabo de cuatro años renuncia al ruido y la furia vendiendo amor en tiempos del cólera mide sus fuerzas con ese cartero que llama dos veces a La Moncloa bajo el cielo protector de las políticas sociales y que ahora va en busca de la historia interminable que dejó a medias con el padrino del norte.

¿Triunfará la conjura de los necios? Quizá. Pero el miedo, como todo, hay que relativizarlo. Como a las opiniones de un payaso, esa legión que fluye descarriada en la divina comedia de la política y más a la sombra del viento electoral.

Rajoy o Zapatero. Zapatero o Rajoy. El que pierda, corre el riesgo de acabar humillado y ofendido, solo como un robinsón y atribulado como el hombre de La Mancha. De usted depende el desenlace de este nuevo ensayo sobre la ceguera del 9-M.

Al que pierda le pinta tan mal como al retrato de Dorian Grey.

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