Sólo importan los divos

TAMPOCO se trata de pedir a Zapatero y Rajoy que igualen los veinte debates televisivos de Obama y Clinton -el exceso es tan peligroso como el defecto-, pero chirría que en la única verdadera oportunidad de confrontar ideas en el foro menos miope de un debate a siete los dos grandes manden a sus fieles de tercera fila. Con el consiguiente efecto expansivo. Llamazares, tan quejica por el trato mediático recibido, considera que sin ellos él tampoco va. Lo de Duran tiene su disculpa porque nadie cambia tan rápido el quirófano y la convalecencia por un duelo dialéctico masivo ante focos cegadores y chorros invisibles de sudor.

Z y R son otra cosa. Están en el Olimpo, aunque no compadreen con Zeus y Apolo sino con Blanco y Acebes. Necesitan chupar cámara. Necesitan tiempo. Hora y media, concretamente. Un moderador mudo que por lo tanto no modera sino que completa la decoración con un toque más humano. Folios con gráficos coloridos que a nadie importan pero que conviene airear con convicción para presumir de cifras adulteradas. Kilos de maquillaje. Pose torera. Una saca de reproches, la materia prima del maniqueísmo. Y, sobre todo -imprescindible, vital-, promesas, miles de ellas, de todos los sabores, para todos los gremios. Un bombardeo que obligue al espectador a girar el cuello, como en un partido de tenis, víctima de la oratoria, Demóstenes contra Cicerón.

Un consuelo pelín pobre es el entretenimiento de elegir un vencedor. El fondo es lo de menos en el Occidente nihilista, lo hermoso es ver cómo los prójimos reparten estopa y salen del plató con el rostro amoratado pero convencidos de que han ganado. Los españoles, o al menos esos millones que se acercaron a la tele el lunes pasado y que lo harán también el próximo, son estoicos hasta la médula. Están muy por encima de quienes les gobiernan. Es casi milagroso mostrar interés ante argumentos tan redundantes.

Anoche discutieron voces menos potentes ante muchos menos ojos y oídos. Quizás fuese un culto a la creatividad, tal vez esos roñosos turnos de un minuto permitieron destripar el melón del bienestar futuro. La pega es que la exposición de quien va a gobernarnos sea tan caprichosa, tan cambiante, tan diva.

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