Un cartel transgresor y artesanal

  • El cartel de la Feria 2009, visto por su presentador

No deja de ser cuanto menos curioso descubrir un cartel elaborado en su totalidad de forma artesanal, en una época donde las tecnologías de la información y la comunicación han avanzado de tal manera, ora instrumentos ora sociología, que dice mucho de lo que ha significado el cartel como medio transmisor en la historia de la comunicación humana.  Este medio decimonónico tal como se presenta en la actualidad desde la impronta técnica marcada por el francés Jules Chéret, sigue manteniendo su esplendor, yendo al unísono con la creación pero de manera tangencial con el arte, donde ha circulado en el ecosistema de la cultura de masas sin exclusividades, con las formas sugerentes de la publicidad y la complicidad hipnótica de la propaganda, quedando definido por algunos teóricos risueños como “un grito pegado a la pared”. (...)

Rafael Esteban Poullet ha tenido una constante en su vida; la exploración y el escudriñamiento penitente de lo sagrado, del histórico y del contemporáneo, para erigir un cosmos creativo particular, un mundo plástico cargado de polivalencias y profanaciones, de heterodoxias y antidogmatismos, que le han valido como argumento y narración en sus distintos proyectos: Suite El Rocío, El mito de la anunciación, Yo Juan, el discípulo amado entre otros. 

Para producir todas esas estampas apócrifas o su poesía mítica, nuestro autor ha evitado los lodazales conceptuales de dos maneras; realizando una profunda investigación de los temas abordados, no dejándose convencer por la oficialidad, y  bebiendo de todas las fuentes posibles sin moralidades fatuas, ni complejos. Y este cartel es un buen ejemplo de ello, ya que como gustaba decir a mi admirado Francis Bacon “La soberanía del hombre está oculta en la dimensión de sus conocimientos”.

Lo primero que llama la atención de esta obra, de este cartel, sin duda es la técnica utilizada en su composición; el collage. Una manufactura utilizada por primer vez a principios del siglo pasado justo cuando la pintura estaba sufriendo una de las transformaciones más importantes en manos de dos de los grandes del arte; Pablo Picasso y Braque.  (...)

No vengo a descubrir nada manifestando que cada ciudad, cada topografía, tiene colores propios que le dan una prestancia subjetiva y personal. En el caso de nuestra ciudad, El Puerto de Santa María, pueden destacar los tornasoles terrenos labrantíos de vides o las gamas luminosas de nuestra bahía en las distintas épocas estacionales. El marrón cuarteado de los redores, las sabanas limpias, blancas colgadas en las azoteas, que antaño miraban tanto al continente americano, el rojo intenso de los claveles embalconados que es el mismo tono que el del anillo protector del burladero de nuestra regia plaza de toros.  Pero hay uno que no deja indiferente a nadie, a pesar de su opacidad, de su carga simbólica y a veces de cierto menosprecio histórico, que para nuestra etnografía, para nuestra enología, es de vital importancia; el color negro.  El negro que entinta las botas de roble americano donde anidan nuestros preciados caldos, el negro que permite con su oscuridad que florezcan plácidamente los microorganismos de nuestro genuino elixir; el vino fino, el mismo negro de fondo y soporte de este ingenioso cartel de la Feria de Primavera y Fiesta del Vino Fino de 2009 que Rafael Esteban Poullet nos ha propuesto.

Un color que da paso a su antítesis del blanco de la tipografía. Una tipo genuinamente bodeguera, reconocida por todos en esta zona del sherry, pero sobre todo bien conocida por tantos arrumbadores y toneleros de oficio que la han utilizado en las planchas de cinc con el que están hechos los moldes, para dejar indeleble en las botas las marcas señeras constituidas por apellidos anglosajones, galos y españoles históricamente arraigados. Osborne, Domecq, Gonzalez-Byass, Terry, Grant, Harvey, Sánchez Romate… entre tantos. Un mundo, a la sazón, perfectamente representado en la escena de la fotografía central del cartel, que a modo de resumen sintetiza la importancia del comercio vitivinícola, en un paisaje urbano, donde el río Guadalete, el río del olvido, demuestra su importancia como medio trasmisor en el vasto trasiego mercantil que durante siglos ha existido en la zona. Una imagen que se ha podido sacar de ‘La Bodega’ del novelista valenciano Vicente Blasco Ibáñez, que hoy está más cerca si cabe de nosotros. Con manifiestos personajes de camisa remangada, otros con sombreros que aportan buena cuna, y algún aduanero uniformado fiscalizando arrobas.  De esta guisa, la que nos abre esa puerta histórica y antropológica, es la caseta de feria, con un manto de flores que coge desprevenida a la primavera. Un elemento no siempre representado en el cartelismo local, que Esteban Poullet ha querido utilizar como signo de simétrica dualidad por la condición diurna y nocturna de nuestra Feria.  La caseta es el lugar común propio por antonomasia de los portuenses. Espacio embrionario de la concordia, donde por arte de la metáfora quedan ensambladas año tras año las peculiaridades de una ciudadanía, que le da sentido a la amistad, en torno a media botella de Fino y un buen surtido de pescado frito. De un lado iluminado por un sol masculino, bosquejado como la naranja levantina sacada del mismísimo Jardín de las Hespérides, y que con suntuosa brillantez hace relucir de manera especial el albero del ferial, al compás firme del paseo de caballos y del baile por sevillanas. Un día reglado para compartirlo con la familia y los compañeros de ruta.  De otro, una luna femenina en cuarto creciente, que observa omnipresente los designios de la noche, de un espectáculo traslaticio que no descansa desde medio día. Una noche para los enamorados, para los amigos, pero de otra manera, que saben festejar a Dionisio o Baco, encontrando en el mismo Jardín alguna fruta pecaminosa que compartir.

En el cartel nos encontramos con dos colores importantes de la escala cromática que dan mayor relieve a esta dualidad manifiestamente intencionada por el autor, el rojo y el azul pertenecientes a las franjas que adornan el telar de las casetas, y al que acompañan nuestros inconfundibles lunares.  Estos dos colores siempre han tenido una fuerte carga simbólica, el primero, el rojo ha sido símbolo de los cambios, de revoluciones y fuertes pasiones. De fuego y sensualidad. Mientras que el azul por su parte tradicionalmente ha estado asociado a la placidez, la sabiduría y la  fidelidad. El azul, decía Paul Cézanne “da a los demás colores su vibración”.  A modo de conclusión, este cartel me consta, no dejará indiferente a nadie, ya que tiene el valor de la transgresión, y aporta cuidadosamente los detalles de nuestra Feria, pero también de un pueblo cargado de tradiciones y usanzas, folclores y mitos que se van reubicando con los siglos y el paso del tiempo.  Aunque como indicaba el maestro Marcel Duchamp “Contra toda opinión, no son los pintores sino los espectadores quienes hacen los cuadros”.

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