Del santuario al infierno etarra

El cáncer de las relaciones bilaterales entre España y Francia durante los últimos cuarenta años ya ha sido extirpado. No del todo en rigor, puesto que el suroeste del país vecino sigue dando respiración asistida al aparato de ETA, aunque ya no hay peligro de metástasis y los terroristas han dejado de moverse con esa insultante impunidad de la que disfrutaron hasta los años noventa, cuando Francia era un santuario de la banda, por el que sus activistas campaban a sus anchas, brindando en los bares por los asesinatos y paseándose tranquilamente a despecho de las reclamaciones de entrega que llegaban de España.

Cuando se forma el primer Gobierno socialista, en 1982, las relaciones entre Madrid y París se revuelcan en el fango. Una dolorosa mezcla de aquiescencia, desidia, indolencia y (quizá) cobardía de las autoridades del país vecino sacaban de sus casillas a Felipe González, que en 1983 lamentó ante el Congreso que Francia siguiera concediendo a etarras el estatus de refugiado político. Incluso el Rey trasladó al presidente de la República, entonces François Mitterand, su descontento por la deficiente colaboración de su país en la lucha contra ETA. Unos polvos que atrajeron a lodos como los GAL, que también utilizó el país vecino como campo abonado de sus no menos siniestras y sangrientas operaciones.

El punto de inflexión se sitúa en 1984, cuando Francia extradita por vez primera a tres etarras. Dos años más tarde, comenzó el procedimiento administrativo de urgencia de entrega de detenidos sin causas graves. Eran avances sustanciales, destellos de luz en las tinieblas. En los noventa empezó a salir el sol: agentes españoles trabajaban en el país vecino mientras sus colegas franceses hacían la vista gorda. Así cayó en 1992 la cúpula etarra en Bidart.

A partir de ahí, la colaboración francesa no ha dejado de crecer. Bienvenida. El enano ya es un gigante. Y ETA le estiró más hace un mes, cuando mató a dos guardias civiles ¡en territorio francés! Demasiado para Sarkozy.

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