El regreso a la cordura y las prioridades

La rutina es insoportable. El luto nubla las diferencias y la unidad de las fuerzas democráticas se muestra altiva y orgullosa, desdeñando su naturaleza quebradiza. Los depositarios de la soberanía popular se hacen la foto, elaboran raudos un comunicado de condena tan vago como obvio y al poco tiempo, estrategias y apuros electorales mediante, volverán a enzarzarse en disputas sobre la metodología para acabar con ETA, sacando cadáveres de los respectivos armarios en un desesperante toma y daca que solamente beneficia a la organización terrorista.

Hasta hace dos días, esa dinámica perversa era moneda corriente, aunque la evidencia de que ETA ha vuelto a enloquecer y ha decidido, literalmente, hacerle la vida imposible hasta a niños y mujeres ha sembrado paradójicamente un poso de esperanza, puesto que ha resucitado una unidad entre las fuerzas democráticas nunca vista en los últimos años. Otra paradoja, pues la espiral de tensiones entre gobernantes y oposición se disparó justamente cuando las esperanzas de salir del cuarentón laberinto del dolor volvían a salir del agujero.

Mejor olvidar las desmesuras de unos y otros. La sopa boba de la instrumentalización política del terrorismo aún sigue humeando y el aroma a concesión tampoco ha dejado de impregnar el ambiente. ETA provoca tanto hastío como asco, lo que implica un hartazgo superlativo que prende la mecha de los peores instintos, pero la grandeza del Estado de derecho estriba, entre otras cosas, en su generosidad hasta con sus peores enemigos. Y en la lucha antiterrorista esta regla no es que sea de oro, debe ser hasta sagrada; de hecho, ha sido consagrada sucesivamente por los presidentes del Gobierno.

Pocos dudan que la fortaleza de la democracia acabará aplastando a ratas como las que el miércoles intentaron asesinar a hombres, mujeres y niños en la casa cuartel de Legutiano. Mataron a una persona y seguro que les ha sabido a poco. Volverán a intentarlo. Las masacres indiscriminadas de los años de plomo amenazan con resucitar como constante. Así que crucemos los dedos y confiemos en que las fuerzas de seguridad sufran el menor daño posible en su pulso.

Y hurra por nuestros políticos. Por casi todos. A quien se sigue echando de menos en este regreso a la cordura es a Ibarretxe, que el miércoles tuvo el poco gusto de mezclar la condena del asesinato con la reivindicación de su proyecto identitario. Su obsesión por el derecho a decidir resulta irritante hasta en el seno de partido y en circunstancias tan trágicas como las actuales alcanza la categoría de obscena. Dentro de cuatro días se presentará en La Moncloa como la gran solución. Bajo el brazo llevará un proyecto tan anunciado como su fracaso. Su tesis es que la violencia etarra podría caer como fruta madura si prosperara. Un voluntarismo que quizá sea rehén de la fe del carbonero. Es la especulación más cándida que se puede hacer, pero mejor no hacer cábalas. La política vasca cada día es más ininteligible y los análisis podrían venderse al peso. Sí está claro que la gran prioridad debería ser acabar con ETA y que no es precisamente la del lehendakari. Tiene otras.

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