Entre la papeleta y el papelón

La secuencia es curiosa: Ibarretxe pierde los papeles, aparece papeleta en ristre y el atribulado líder del PNV prosigue con su papelón. No es que el lehendakari esté dando palos de ciego. Dar puntadas sin hilo no es lo suyo. Pero ha perdido el norte al dar el paso que acaba de dar, consolidando la fractura de la sociedad vasca y tratando de imponer otra vez el dictado nacionalista con un torpedo de aire cándido a los de enfrente, a esa multitudinaria legión que soporta estoica y diariamente el yugo etarra.

Quizá sea improcedente considerarle el Tartufo vasco. Más que nada, porque la inmortal obra de Moliere rebosa comicidad, un ingrediente extemporáneo en un drama como éste. No obstante, poco o nada tiene que envidiarle Ibarretxe al personaje literario en cuanto a su característica fundamental: un cinismo a prueba de bomba. Está dando sobradas muestras de ello cuando afirma solemnemente que ETA no debe condicionar ni maniatar la vida política en el País Vasco al tiempo que convierte a conciencia a su brazo político en ariete de su proyecto soberanista: los 32 diputados del tripartito sólo necesitarán dos votos en el pleno del 27 de junio para superar a los 33 que suman PP y PSOE en la Cámara de Vitoria y dar luz verde a la consulta secesionista. Uno será, quizá, de Aralar. ¿Adivina de dónde vendrá el que falta?

Se repetirá la historia de diciembre de 2004, cuando Batasuna cedió tres de sus nueve votos al plan Ibarretxe, que fue despachado sin contemplaciones a los dos meses por el Congreso de los Diputados. A los otros dos llegaron las autonómicas y el PNV perdió más de 150.000 votos y cuatro diputados. Es probable (está cantado) que el desafío de Ibarretxe sea un ardid electoralista para rebañar votos victimistas a la izquierda abertzale, que no estará en las urnas. Pero juega con fuego y bien lo sabe Iñigo Urkullu, que ha abogado, sin éxito, por una condena expresa de ETA en este nuevo órdago, una jugada que puede ser definitiva... para Tartufo.

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