Cómo lograr que un cadáver venda ilusión

QUÉ haría Rajoy si no fuera Rajoy para resolver la crisis? Desde luego, intentaría parecerse a Aznar. Al menos, en las formas autoritarias y antifisuras. A nadie se le pasaba por la cabeza cantarle las cuarenta a José María. Menudo era. Rajoy, muy al contrario, es un blando al que le tosen demasiado alto y demasiado cerca.

Después, en vez de reunirse con los críticos que brotan con entusiasmo primaveral desde su propio subsuelo, pactaría un par de encuentros discretos y bien surtidos de víveres y sobre todo elixires con los prebostes de El Mundo y la Cope. Es con ellos con quienes debería llevarse bien, pues ellos son quienes crean estados de opinión entre los que votan (y dirigen) al PP. Aguirre, en su condición de potentada mediática, quedaría así en un cómodo segundo plano.

La siguiente tarea sería rehacer el equipo directivo. Soraya devolvería sus recién adquiridos galones y retomaría lo que según sus detractores se le da realmente bien: estudiar incansable y ferozmente no ya oposiciones sino, por ejemplo, el nuevo cuerpo legislativo que promulgará el PP cuando vuelva a ganar (no se rían, acabará ocurriendo). Acebes y Zaplana están amortizados en la misma medida que el resto de la vieja guardia. Por eso es vieja. Habría que buscar a otros que cumplan el doble requisito de ser buenos aduladores sin padecer la sospecha del encefalograma plano. ¿Oyen el eco proveniente de las montañas? Efectivamente. Ruiz-Gallardón, Ruiz-Gallardón, Ruiz-Gallardón...

Finalmente, Rajoy compraría una libretita azul donde apuntar innumerables secretos ante la mirada curiosa pero insuficiente de los suyos. Sobre esas cuartillas, con tinta también azul, quedaría grabado el reparto ministerial de su futuro Gobierno. No es ilegal que un cadáver venda ilusión.

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