Del llanto a la sonrisa en apenas unos meses

QUÉ cuco. De verdad. Del todo a la nada y viceversa. Hace unos meses, cuando Rajoy frustró sus aspiraciones más inmediatas, hizo pucheros y amenazó con irse. Fueron sus horas más bajas y se notó. Al tiempo, el berrinche dio paso a la serenidad del derrotado. Recuperó la compostura e hizo lo que mejor sabe, llevarse bien con cuantos más mejor, con mención especial para el jefe, siempre en el centro de sus pensamientos.

Nadie salvo Rajoy sabe exactamente qué puesto ocupará Gallardón en la futura dirección del PP. No es lo mismo heredar la Secretaría General del alicaído y muy ofendido Acebes que perderse en la maraña de los subcargos. De momento, el líder ha satisfecho la primera parte de la aspiración del alcalde, que sólo se completaría si al simbolismo del rescate político se le añaden los galones de la responsabilidad efectiva.

Es indudable que el movimiento de Rajoy implica consecuencias, quizás no inmediatas pero sí inevitables. Aguirre -ahora debe verlo con impoluta lucidez- tendrá que lanzarse al ruedo si quiere evitar su peor pesadilla, que es presenciar en primera fila la ascensión de Gallardón. Que lo haga directamente o mediante potentado ya es una cuestión que sobrepasa nuestras capacidades. Lucha, en cualquier caso, habrá. Ahora o dentro de tres años, cuando se asome al calendario el otro congreso, el verdadero, el gordo, tan decisivo que el de junio -cacareado hasta la extenuación- podría convertirse por comparación en un simple picnic dominical.

Como Gallardón es bastante más listo que el promedio político, debería disfrutar de estos días. Pase lo que pase. Rebosante de filosofía zen. Tanto le han incordiado que ahora merece devolverlas con talante, sí, pero también con exquisita mala leche. Que se pegue más que nunca a Aguirre. Que exprima los límites del protocolo y la bese como si la apreciara. Asistiremos a la función con refresco y palomitas.

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