Consecuencias de una oposición suicida

HOY la sugerencia de la casa es una hipótesis dantesca. El PP se parte en dos por la insistencia machacona de Rajoy a aferrarse -verbo que recuerda a Ibarretxe- y la alergia que produce el fenómeno en la otra mitad del partido. Las siglas, lástima de simetría perdida, se escinden y surgen dos nuevas fuerzas con viejas ideas y conocidas personas que hablan de lo mismo pero con menos votos en el bolsillo.

El PSOE se eterniza no sólo en Andalucía sino también en España. Zapatero colecciona mayorías absolutas y bate todas las marcas de permanencia en el poder. IU desaparece (más). UPyD se consagra como alternativa y absorbe al ex votante popular, tan desorientado que confunde a Rosa Díez con Esperanza Aguirre.

Un día algo lejano, escarmentado por la desastrosa serie de derrotas, José María Aznar vuelve como Rey Católico para unificar la península de derechas, al fin, bajo un único escudo. El comienzo es duro. Escasean los diputados y las subvenciones. El Mundo no le echa cuenta. La Cope menos aún. Tiene que batirse el cobre. La mística de los braceros. Las minas de sal. Otro día, éste sí rematadamente lejano, regresa a la senda victoriosa. Zapatero I cae. Resucita la ley de la alternancia. Rajoy asiste al proceso desde casa, con un buen habano entre los labios, como si nada. Defendió su candidatura hasta la muerte, y nunca mejor dicho.

El PP ha destrozado su fama monolítica. Lástima que se hayan pasado de rosca. Ni tanto ni tan calvo. En verdad, su salud nos interesa tanto porque no hay mucho más que mirar. El panorama de las opciones está peladísimo. No hay un partido ecologista tan potente como el alemán. Tampoco uno de centro (quizás a UPyD se le caigan los dientes de leche de aquí a unos años). Afortunadamente, España muestra por ahora la higiene intelectual y electoral que ni Francia ni Italia ni Austria (tres buenos ejemplos) aplican contra la extrema derecha. Menos es nada.

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