Pedro Miguel Lamet, Jesuita, periodista y escritor

"Las reacciones del cuerpo de Jesús han sido siempre un tabú"

  • El jesuita, aunque crítico con el Vaticano, da un "sí con toda el alma" a Francisco. Desvela que "Magdalena era la predilecta" y asegura que "se enamoró de él" con "un amor grande, pero imposible".

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Pedro Miguel Lamet (Cádiz, 1941) es sacerdote jesuita, periodista y escritor. Acaba de publicar la novela No sé cómo amarte en la que cuenta, a través de unas cartas de María Magdalena a Jesucristo, el amor imposible de esta mujer por el Maestro. Lamet ha sido crítico con el Vaticano, pero cuando se le pregunta si está cómodo con Francisco da "un sí con toda el alma" al Papa, al que describe como "una mezcla de la dulzura de Francisco de Asís y la astucia de Ignacio de Loyola", y "golpe de gracia, sencillez y optimismo". Lo resume en una sola frase: "Representa la vuelta al Evangelio".

-Su libro habla de amor terrenal entre Magdalena y Cristo. ¿Cree que existió ese amor?

-En primer lugar, mi libro es una novela; por lo tanto, es una hipótesis imaginada cuyo principal objetivo es presentar una imagen cercana de Jesús y su Buena Noticia a través de los ojos de una mujer enamorada. Jesús era, según enseña la Iglesia, verdadero hombre además de Hijo de Dios. Lo contrario es una herejía condenada, llamada Docetismo. Mi tesis fundamental es que no existen dos amores, el humano y el divino, sino un solo Amor, del que son expresiones diversas los distintos amores entre personas o en la naturaleza. En mi Magdalena no hay fisura en la transición del amor al hombre y el amor a Dios.

-¿Es posible un amor humano entre Dios y una mujer?

-"Dios es amor". Es una de las afirmaciones más presentes en el Nuevo Testamento. Si se refiere con esta pregunta a la realización humana a través de la sexualidad, la creación se perpetúa a través de ella, por tanto, el abrazo entre un hombre y una mujer es sagrado y da origen nada menos que a un sacramento. Si la pregunta se refiere al tipo de relación que hubo entre Jesús y María Magdalena, yo aventuro en mi novela que María, que sin duda era su predilecta, se enamoró de él -y él era tan encantador como para  que cualquier mujer se enamorase-. Otro cantar es qué tipo de relación pudo haber entre ellos. Yo la pinto como un amor grande, pero imposible, de una mujer además llena de problemas, y él estaba poseído por la misión encomendada por el Padre y convencido de que lo iban a matar. 

-¿Por qué es tan incómodo hablar de ese lado humano de Cristo?

-Que era verdadero hombre es una verdad de fe que profesamos los católicos, aunque algunos le tienen miedo al cuerpo y prefieren subrayar sólo la otra parte, la de "verdadero Dios". Por otra parte, el lado frágil de Jesús es bien obvio en todos los evangelistas: tenía sed, hambre, lloraba... ¿No iba a sentir el amor y el desamor? Era un hombre, y muy sensible, pero también solitario -"no tiene donde reclinar su cabeza", decía de sí mismo-, que quizá sólo encontraba consuelo en Betania o con sus íntimos Juan y María Magdalena. Lo que pasa es que estudiar las reacciones del cuerpo de Jesús siempre ha sido un tabú en la Iglesia.

-¿El papel de Magdalena en su libro es una metáfora del de la mujer en la Iglesia: forzada a ocultar lo que piensa y siente?

-En cierto modo, sí. Y no solo en la Iglesia, sino en la sociedad. Magdalena aparece en mi novela como una mujer inteligente, aunque oprimida y maltratada por el hombre, comenzando por su padre, por lo que decide escapar y buscar, en medio de una vida durísima, dónde está la verdad. Al final, la encuentra en Jesús, en un amor dramático que la supera, y "no sabe cómo amarle", título inspirado en la ópera rock Jesucristo Superstar. Respecto a la Iglesia, hay teólogas feministas que piensan que los primeros apóstoles insistieron mucho en identificarla con una prostituta para que la Magdalena no les hiciera sombra en el gobierno. 

-¿Y cree que el papel de la mujer en la Iglesia es el que le corresponde?

-Definitivamente, no. Hay mucho trecho que caminar aún, sin negar que ha habido grandes mujeres influyentes en la Iglesia, como santas y doctoras; últimamente, Teresa de Calcuta. Pero su situación en la Iglesia no cambiará hasta que tenga puestos de decisión en la Iglesia y no sólo de servicio. Que pueda acceder al altar, no sólo para fregar el presbiterio.

-¿Dará este Papa por fin ese salto? 

-Ya ha dado algunos saltos. Este verano le dio categoría de "apóstol" a María Magdalena, cambiando su celebración litúrgica de lo que era una simple "memoria" a fiesta con prefacio propio y concediéndole nada menos que el título de apostola apostolorum, "apóstola de apóstoles". Pero quizás el paso más importante es su decisión de crear una comisión que estudie el acceso de la mujer al diaconado. 

-¿Francisco impulsará un nuevo aggiornamento?

-Lo que más me impresiona de este Papa es su cercanía pastoral: cómo está al lado de la gente, habla su lenguaje y goza de una gran libertad de espíritu, muy creativa y, al mismo tiempo, de una gran prudencia para no precipitarse y no apartarse de los más auténtico de la tradición. Yo creo que Francisco debe haber disfrutado de una suerte de iluminación o ilustración interior para ver claro hacia dónde caminar y no tener miedo. 

-¿Ve usted necesario ese aggiornamento?

-Por supuesto. El mayor problema de la Iglesia en las últimas décadas es haberse refugiado en los cuarteles de invierno con un espíritu de enrocamiento en sí misma, de condena del mundo en vez de diálogo con él. Francisco se sitúa en medio de la plaza, entre la gente y nos invita a "armar lío". Es curioso que ahora muchos de los que admiran al Papa son no creyentes, mientras que algunos creyentes, los "de la caverna", una minoría ultraconservadora (y algunos obispos españoles, por cierto, aunque se lo callen públicamente) no lo quieren.

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