Un cuarto de siglo en Evangelista

  • Se conmemora el 25 aniversario de la inauguración de la capilla de la Hermandad de Triana · El simpecado volvió a salir de su sede canónica, donde el cardenal presidió la misa de romeros

Ya es el Rocío. Lo dicen los mantones que se cuelgan y las calles con romero. La oficialidad discurre en paralelo al sentir de la fiesta. Todo el mundo sabe que desde el sábado hay hermandades que recorren los caminos para encontrarse con la Blanca Paloma. Pero aquí, en el viejo arrabal, la celebración es quimera hasta que se escucha el primer cohete. Triana despierta entonces del sueño para darse de bruces con la primera yunta de bueyes, con una carreta acicalada de blanco, con el olor a pólvora recién estrenada. Es el miércoles del Rocío. La hermandad más antigua de la capital andaluza ya está en camino. Ayer salió de su barrio. Y fue como siempre. Pura Triana.

Este año se recuperaba el punto de partida. Se volvía a salir de su sede canónica, la capilla de la calle Evangelista, que celebra sus bodas de plata. Un cuarto de siglo cobijando a la Virgen Chiquita del Simpecado. Veinticinco años de oraciones y plegarias. Pero si 20 años no son nada -según el conocido bolero- cinco años más no dejan de ser un apéndice en la historia de esta antigua corporación. Si no, que se lo pregunten a los romeros más antiguos. A los que conocieron aquellos caminos que el tópico ha ido desdibujando de la memoria. La antigua salida de San Jacinto, el recorrido por las calles Rodrigo de Triana, Vázquez de Leca, Pureza... hasta desembocar en el Altozano. Recuerdos que van despidiendo al último frescor del alba.

Son las ocho de la mañana. Misa de romeros en la angosta capilla. Hay caras recién estrenadas por el día. Blanquecinos rostros que el sol irá tiñendo de un suave barniz. Preside la eucaristía el cardenal Carlos Amigo Vallejo. En su homilía habla de la importancia de la familia y la fe. En la calle los quehaceres cotidianos se intercalan con los rituales propios del día. Hay tiempo para todo. Hasta para aparcar el carrito de la compra en el supermercado mientras se ve pasar la comitiva. En la puerta de la capilla, José María Caballero, alcalde de carretas, avanza con su equino mientras da las últimas instrucciones para que la carreta de plata se coloque en el sitio justo. Ya surgen las comparaciones. No falta el metafórico de turno para el que esta operación no deja de ser un retranqueo en versión rociera. Boyero por capataz y bueyes por costaleros. Hay mentes con un limitado universo.

Termina la misa. El color rosáceo de las flores de la carreta origina los primeros comentarios. Hay distintas opiniones. Entre ellas, las de quienes añoran el exorno rojo de años anteriores. Cuestión de gustos. Lo que no entra en debate es el silencio. El profundo y cortante silencio que se hace en la calle Evangelista cuando el milagroso Simpecado trianero cruza el dintel de su capilla y se acalla el himno nacional. No se habla ya de las flores, ni de la presencia del cardenal delante de la carreta, ni de si hay más o menos gente que otros años, ni del atrevido escote de una peregrina. Sólo se escucha el silencio. El Simpecado es colocado en la carreta. Todo está ideado al milímetro, al detalle. Y es en este silencio donde la memoria aflora en forma de lágrima. Como la recordada labor de los antiguos hermanos mayores Ignacio Sánchez Ybargüen y Jerónimo Domínguez Márquez, que tanto tuvieron que ver con la construcción de esta capilla y que ahora se sitúan con sus ennegrecidas medallas en la delantera de la carreta. O la ausencia de don Pedro de Orleans y Juan Guardiola que pende en forma de lazo negro del brazo de uno de los candelabros. Pero no hay más tiempo para ahondar en el pasado. Hay que seguir haciendo historia. Por eso el prioste lanza los vivas a la Blanca Paloma, al Pastorcillo Divino, a la hermandad y al barrio que recibe a la comitiva con el sol destellante en Pagés del Corro.

Se acabó la pena, que viene Triana por San Jacinto a los sones de los pasodobles de la banda de Aviación y de las sevillanas que siempre recuerdan que la hermandad nació en la cava. La Estrella, el Altozano, la O…ya está cerca Chapina. La calle Castilla es un muestrario de la diversificación en la vestimenta peregrina. Nunca hubo tanta invención en el diseño de la indumentaria de los rocieros. Cubanas, zapatillas de esparto (con una previsible visita al podólogo), fajas externas y, por supuesto, gigantes gafas de sol con logotipo más que visible de afamado diseñador italiano.

Y ya se llega al Cachorro. El camino se ha ido jalonando de grupos que cantan sevillanas. La espontaneidad popular es arte en Triana. Aquí todo surge y acaba de forma imprevisible. Como este recorrido. Pasadas las once de la mañana el campanil del Patrocinio suena a despedida. Caen los últimos pétalos del barrio sobre la carreta argéntea. Antes de tomar la autopista de Huelva un botellín de cerveza es un reconstituyente indispensable cuando el Lorenzo empieza a pegar fuerte. Queda mucho por andar. Se aligera el ritmo y se agarran con mayor fuerza a la carreta los peregrinos que siempre caminan en su trasera. En esa eterna promesa de ser siempre Triana.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios