Huelva entró en la aldea al compás de palmas y cantes por fandangos

  • La lluvia hizo acto de presencia pero no logró deslucir la llegada de los peregrinos a El Rocío

Rafael y Pedro son dos amigos de tiempo atrás. Este año se han vuelto a reencontrar. Ha sido en Bodegones, en el camino, en su peregrinar al encuentro de la Blanca Paloma. Ella  es punto de unión, nexo, confluencia... Rafael y Pedro (quieren guardar el anonimato) son dos peregrinos más de cuantos han hecho de camino con la Hermandad de Huelva. Son dos romeros de a pie que han decidido caminar para postrarse ante la Virgen del Rocío. Ayer por la tarde tuvieron la oportunidad de hacerlo. Lo hicieron con la satisfacción de  saber que Ella ha facilitado el reencuentro. Porque sin la romería y el camino el contacto sólo hubiera sido por teléfono.

La hermandad se había levantado al despuntar el alba. Como manda la tradición que suceda con la procesión de la Virgen por la aldea, claro que ahí la tradición nunca se cumple. Los sones del tamboril llamaban a los romeros a levantarse para asistir a  misa. Bodegones bostezaba. El Simpecado esperaba para reiniciar el camino y los romeros se mostraban impacientes por caminar por las arenas. El día se presentaba caluroso aunque las predicciones meteorológicas amenazaban con lluvia. Las nubes cubrían el cielo pero el agua no se dejaban notar. Por la tarde unas cuantas gotas, si acaso, asentaban el polvo.

Antes, poco les importaba a los peregrinos la polvareda que levantaba el Simpecado escoltado por los cuatro costados. Pañuelos y mascarillas al rostro aliviaba la marcha. Los cantes hacían el recorrido más llevadero, aunque el silencio también  se dejaban querer entre los pinos.

Varias paradas para reponer fuerzas y saciar la sed se sucedieron antes de llegar a Gato, el lugar de la suelta. El ritmo de  los peregrinos era continuo y constante. Llegar a la aldea era la meta, cuanto antes mejor para estar con Ella. Gato fue el respiro, la apoteosis de los romeros de saber que ya estaban más cerca. Muchos peregrinos se habían adelantado y esperaban al Simpecado para recibirlo con los honores que se merece. Cubierto con un plástico para que el polvo no lo dañe llegó radiante al sitio que año tras año hace la parada, a la sombra del pinar que siempre lo cobija.

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