Crítica de Teatro

La noche de La Zaranda

Una imagen de la representación de 'Ahora todo es noche', de La Zaranda. Una imagen de la representación de 'Ahora todo es noche', de La Zaranda.

Una imagen de la representación de 'Ahora todo es noche', de La Zaranda. / j.m.

La compañía La Zaranda son viejos conocidos en El Puerto. Todos sus montajes suelen llegar a nosotros y siempre son bien recibidos. No es nada nuevo, no descubrimos nada, simplemente admiramos la labor de esta compañía, este grupo teatral, uno de los últimos exponentes de aquel teatro independiente que tantas alegrías nos dio en los años 70 y 80.

Muchos de aquellos grupos, como Los Goliardos, fueron cayendo por el camino, pero La zaranda, nacida en Jerez, conducida por Paco, continuó adelante, haciendo sus montajes a su estilo, sin importarles las modas ni los cambios que se iban produciendo en el Teatro a través de los años. Eso les llevó a enfrentamientos con la Junta de Andalucía que les impulsó a trasladarse a Madrid.

Lo que nos muestran en este montaje es lo mismo que siempre nos traen, todo lo que conforma su particular universo desarrollado en estos últimos 40 años, un universo poblado por seres marginales de la sociedad, en este caso mendigos, tres hombres desestructurados que buscan un refugio donde dormir, donde protegerse durante la noche, del frío, de la oscuridad, del desprecio de los que les rodean y pasan a su lado sin verles, tan acostumbrados a verles cada día, cada noche, siempre acurrucados, abrigados con periódicos y cartones, como elementos de un triste mobiliario urbano.

Son como náufragos en una balsa en medio del océano. Son tan pequeños, tan insignificantes que, aunque un barco pase a su lado, seguirá de largo sin percibirlos, sin ser consciente de su existencia y lo peor no es que sean invisibles para todos y que nadie se de cuenta de que están ahí, a su lado, entre ellos, lo peor es que ellos mismos no saben donde están, ni quienes son, ni que hacen o pueden hacer. "Esto no me puede ocurrir a mí", dicen, "A otros sí, pero a mi no".

Lo peor de La Zaranda es que los conocemos demasiado, que aunque no los veamos, ellos están dentro de nuestro subconsciente cultural, sus ropajes andrajosos, sus voces cascadas por el frío, su entorno, todo nos aparece como un sueño inquietante que nos acosara noche tras noche y que al despertar no recordásemos.

Los personajes que representan, vencidos por la vida, derrotados, trágicos, esperpénticos, incluso cómicos a veces, no carecen de poesía, de un halo de tragedia que, a pesar de no ser nuevo, no dejan de perturbar nuestras conciencias.

Lo mas importante es que consiguen recrear ese mundo en el escenario con pocos elementos: unos carritos, unas maletas, una camilla, ropa, unos cubos de basura, unas corbatas… y con todo eso, recrean diferentes escenarios por donde se mueven los tres personajes.

Los vemos en una terminal de aeropuerto, lugar de tránsito donde "no es lo mismo ser de algún sitio que de ningún sitio", y nadie sabe si van o vienen, en un comedor social, entre los contenedores de basura, probándose una colección de corbatas, alegoría de las ideas vanguardistas y de los "ismos" que todo lo cambian, en las cloacas, bajo "las oficinas ministeriales, los grandes almacenes, los bancos, los teatros...", en una batalla a cañonazos contra un ejército de fantasmas, reivindicando el teatro como objeto por el qué luchar y por lo que se puede sufrir, representándolo en la figura del Rey Lear aunque con reminiscencias de Esperando a Godot y La vida es sueño. y en una apoteosis final, con acentos litúrgicos en los que se proclaman reyes: "Yo te puedo hacer rey", le dice uno de los personajes a otro.

El espacio escénico está totalmente desnudo, solo la cámara negra y la luz que a veces tiñe de azul el suelo. Toda la iluminación es oscura, como las vidas de estos tres personajes. Solo el foco brilla cuando gritan sus sueños. La música es también un elemento más, esclarecedor de lo que nos muestran, una mirada alegre sobre esos personajes tristes: "¿Quién será?", un cha-cha-cha luminoso en un mundo oscuro. Solo la grandiosidad de la música de Saint Saens inunda el escenario en el cuadro final.

La obra gustó mucho a los aficionados al teatro que fueron a verlos y que al final de la función les premiaron con una larga ovación.

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