Crítica de Teatro

Memoria histórica… ¡A escena!

Una imagen de la representación de '¡Ay, Carmela!'. Una imagen de la representación de '¡Ay, Carmela!'.

Una imagen de la representación de '¡Ay, Carmela!'.

El pasado sábado se inauguró la temporada teatral de Primavera 2018 en el Teatro Municipal Pedro Muñoz Seca, en el que pudimos asistir a la representación de la obra de José Sanchís Sinisterra ¡Ay, Carmela!, obra que, desde su estreno, después de mas de dos centenares de montajes en todo el mundo incluyendo un musical, se ha convertido en un clásico de nuestro teatro, clásico conocido por prácticamente todo el mundo, al menos de todo el mundo aficionado al teatro, como los que el sábado llenaron nuestro coliseo.

Me refiero a que el que va a ver esta función no va a ver lo que pasa, de qué se trata, qué cuenta, porque eso ya lo sabe. Va a comparar y a ver qué le ha sacado nuevo el director de turno. Va a ver cómo están los actores y será imposible evitar que los comparen con aquel Andrés Pajares, aquel Gabino Diego y aquella Carmen Maura de la versión cinematográfica de la obra de 1990, dirigida por Carlos Saura.

Cuando se estrenó la obra en 1987 bajo la dirección de José Luis Gómez fue Pajares quien interpretó el papel de Paulino, mientras Verónica Forqué era Carmela. Ahora los personajes están interpretados por Santiago Molero, al que la gente conoce por verle en la serie Águila Roja, y Cristina Medina, de La que se avecina.

Todos sabemos que la actuación ante las cámaras de cine o tv nada tienen que ver con la actuación en directo ante el público y esto, en esta función se nota. En la publicidad de la función nos venden el prestigio de estos actores conocidos en esas series famosísimas de televisión, pero el teatro es otra cosa y en esta función no resisten la comparación.

La dirección es de Fernando Soto, que ha hecho una reinterpretación de la obra acertada en determinadas escenas y no tanto en otras, no centrándose en la pura anécdota de la guerra civil, muy lejana ya para los jóvenes y potenciando la poesía y la ingenuidad que la obra rezuma, dándole un tono de tragicomedia que causa cierta desazón e inquietud en el espectador, lo cual es muy acertado.

Tampoco la escenografía, el sonido y la iluminación aportan nada nuevo a la función, sin embargo, a pesar de todas las deficiencias, las irregularidades y los fallos, la obra se mantiene erguida y firme, como un faro, potente, indemne a la mediocridad, emocionando y conmoviendo al público.

Volvemos a ver a los cómicos de la legua en tiempos duros de guerra o posguerra, como los que veíamos en la obra El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán Gómez, arrastrando su miserable vida por lugares inmundos y ante públicos que no se merecen el esfuerzo y la entrega de estos artistas, repletos de ternura y ansias de ofrecer lo que saben, en medio de su angustia y en un ambiente sórdido y cruel, sin espacio para la comprensión y el amor.

Se nos muestra una época dura y opresiva de nuestra historia, vista desde los ojos de los perdedores de una contienda que dividió a España en dos, una está en el escenario, la otra, que no se ve, son los militares que asisten a la función que se representa para ellos.

Cristina Medina cumple con su personaje de folklórica de tercera fila y canta y baila acertadamente, sin embargo Santiago Molero no consigue imprimir al personaje de Paulino la ingenuidad y la inocencia que le caracterizan y que son su razón de ser. La dirección, con altibajos, con escenas muy conseguidas y otras, como la final, fallidas.

Gran noche a pesar de todo, en la que los aficionados al teatro de El Puerto pudimos disfrutar de esa gran obra de Sanchís Sinisterra.

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