El cambiante papel de las monedas

  • Los ataques especulativos han enseñado a los gobiernos que la mejor defensa de su divisa es contar con una gran cantidad de reservas en dólares y euros y diversificar sus inversiones en fondos a corto y largo plazo

A lo largo de la historia, todas las economías han necesitado de algún activo valioso y que fuera aceptado internacionalmente, para hacer frente al pago de los bienes y servicios adquiridos en el exterior. Los metales preciosos han jugado históricamente ese papel.

No es hasta el siglo XX cuando algunas monedas empiezan a ser aceptadas con carácter general, como contraprestación por la adquisición de bienes extranjeros y desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el dólar se convierte en la moneda de uso generalizado en las transacciones internacionales. Sin embargo, el papel que juega el billete verde ha cambiado de naturaleza en la última década. Tradicionalmente, el dólar -o cualquier otra moneda considerada "fuerte"- era demandado por los países para cubrir los desfases que provocaban las diferencias entre importaciones y exportaciones. Si existía una corriente temporal muy fuerte de importaciones que no podían ser cubiertas por las exportaciones, los dólares acumulados por el país, ya fuera en manos privadas o en el banco central, servían para cubrir esa brecha. El dólar era demandado como moneda de reserva para financiar el comercio exterior.

Pero al abandonarse los tipos de cambio fijos de las monedas respecto del dólar en la década de los setenta -como consecuencia de la primera crisis del petróleo- surgieron otros motivos para acumular dólares. Se adoptó un sistema de tipos de cambios flotantes, por los que el mercado determinaba su nivel. En realidad, era una flotación sucia, porque los gobiernos intervenían comprando o vendiendo dólares contra la moneda nacional para alcanzar un tipo de cambio deseable, que fuera compatible con el cuadro macroeconómico del país.

Los gobiernos, por tanto, pasaron a demandar dólares para defender a la propia moneda nacional cuando ésta se debilitaba respecto de las restantes monedas y, en particular, respecto del dólar. Comprando la propia moneda a cambio de dólares (que tenían que estar acumulados en el banco central), se podía defender transitoriamente el tipo de cambio al nivel deseado por las autoridades económicas. Aunque existían precedentes en América Latina, durante la pasada década, este enfoque sufrió una profunda transformación. El gobierno tailandés intentó durante bastantes meses sostener el tipo de cambio de su moneda -el bhat- a un nivel artificialmente alto, porque una devaluación hubiese añadido mayor presión sobre la inflación, que ya era elevada. Cuando agotó todas sus reservas de dólares, tuvo que devaluar la moneda, generando grandes beneficios para todos aquellos que habían pedido prestado en bhats y cambiado por dólares.

Potentes grupos de especuladores empezaron a atacar a varias monedas del sureste asiático -won coreano, dólar malayo,…- obligando a los gobiernos a devaluar también sus monedas, aunque éstas no estaban demasiado sobrevaloradas.

Una de las lecciones que aprendieron los gobiernos de estos acontecimientos, es que es necesario contar con una gran cantidad de reservas de divisas -el dólar y otras divisas muy líquidas como el euro- incluso si la moneda nacional no está sobrevalorada, porque un ataque especulativo a gran escala puede obligar a una devaluación. Viendo las reservas de divisas de algunos países, la lección parece aprendida. China acumula dos billones de dólares, Taiwan 300.000 millones, Corea 200.000, etc.

Esas enormes reservas, no se mantienen ya para financiar un desfase temporal en la corriente de importaciones y exportaciones, como se había hecho durante buena parte del siglo pasado; se hace para evitar ataques especulativos contra las monedas nacionales.

Adicionalmente, el enorme volumen acumulado ha conducido a los países a definir una estrategia de inversión de los dólares acumulados, más racional que hace una o dos décadas. En lugar de materializar todos los fondos en deuda norteamericana a corto plazo, invierten a largo para obtener un flujo de renta que esté menos expuesto a las fluctuaciones a corto. Esa diversificación de las inversiones, reduce la demanda de dólares, tendiendo a depreciarlo, mientras que aumenta la demanda de otras monedas -el euro, especialmente- apreciándolas. Esta es una de las razones que define el actual tipo de cambio del euro -claramente sobrevalorado- respecto de la divisa norteamericana.

La diversificación de las inversiones en una cesta de monedas, explica en parte la actual debilidad del billete verde. Esa debilidad contribuirá a aumentar las exportaciones y disminuir las importaciones de EEUU, reduciendo la oferta de dólares y marcando un suelo a su caída. El tipo de cambio del dólar irá, tendencialmente, ajustándose, reflejando su demanda relativa y la posición en la cartera de fondos de inversión y de los países emergentes que acumulan grandes cantidades de divisas.

Al contrario de lo que ha ocurrido históricamente, las monedas de los países que transmiten confianza internacional -el dólar y el euro- han pasado de ser consideradas monedas de reserva líquida para cubrir brechas temporales entre importaciones y exportaciones, a activos que forman una cartera de inversiones diversificada a más largo plazo.

Aunque con una posición menos prominente que la que tuvo en las décadas posteriores a la II Guerra Mundial, el dólar seguirá siendo, durante mucho tiempo, la moneda de referencia a nivel mundial, tanto por la liquidez de la que goza como porque EEUU continuará durante las próximas décadas siendo el país líder del mundo occidental.

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