Tribuna Económica

Joaquín Aurioles

Volver a pensar en Europa

Europa funcionó mientras todos los intereses eran conciliables y fueron respetados. El objetivo común era potenciar el peso económico y político de Europa en el mundo y la realización de un mercado único era la primera etapa.

LA Unión Europea vive una crisis existencial, dice su Presidente. El Brexit, la crisis de los refugiados y la fragilidad de sus argumentos defensivos frente a una crisis internacional son los tres principales errores del proyecto de integración económica y monetaria. Otra cosa son los fallos en el proyecto de unión política, entre cuyas consecuencias hay que destacar la explosión de los radicalismos extremistas y el aumento de las desigualdades económicas y sociales. Frente a esta perspectiva pesimista, cabe otra optimista que entiende que la Unión Europea se enfrenta a su propia revalida. Si consigue superar estas pruebas, el proyecto podría salir reforzado, siempre que de la experiencia se sepa extraer las conclusiones pertinentes e impulsar las reformas necesarias.

Europa funcionó bien mientras todos los intereses eran conciliables y fueron respetados. El objetivo común era potenciar el peso económico y político de Europa en el mundo y la realización de un mercado único era la primera etapa.

Acabar con las barreras al comercio permitiría abastecer al conjunto del mercado con un número menor de empresas, pero de mayores dimensiones y más eficientes, debido a la posibilidad de aprovechar economías de escala o tamaño.

Habría un intenso proceso de fusiones empresariales y el pronóstico era que las empresas absorbentes estarían localizadas en los países con mayor productividad y las absorbidas en la periferia menos productiva, así que todos estuvieron de acuerdo en un reparto equitativo de los beneficios a través de las políticas de cohesión.

Para que los menos beneficiados pudiesen participar a largo plazo de las mismas ventajas que los más eficientes, había que recomponer el tejido productivo dañado con las fusiones y corregir las diferencias de productividad, pero sus gobiernos lo interpretaron de manera particular. En la mayoría de los casos se dedicó una elevada proporción de los recursos recibidos a levantar un sistema de bienestar (pensemos en la multitud de empresas públicas y similares creadas en Andalucía desde los años 90), mientras que se limitaba el esfuerzo para la promoción de nuevas empresas y se confundía la mejora de la productividad con la construcción masiva de infraestructuras para las comunicaciones. Cuando la armonía política se vino definitivamente abajo con las primeras acometidas de la crisis financiera, no sólo quedó patente el fracaso de las políticas de promoción económica y de apoyo a la productividad en los países beneficiarios de la cohesión, sino también la vulnerabilidad de un sistema de bienestar dependiente de recursos financieros ajenos.

Es posible que, si se consigue superar el Brexit, la crisis de los refugiados sin costes excesivos sobre los pilares del modelo político y social europeo y si además consiguen afianzar sus nuevas defensas frente a perturbaciones externas, la UE se encuentre en mejores condiciones que hace 10 años para retomar su proyecto de unión política. Muchos expertos consideran, sin embargo, que será imposible sin la existencia de un pueblo, un gobierno y un estado europeos, algo que sin duda requeriría corregir el grave déficit democrático actual.

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