1975Los belloterosLa chirigota, el cuplé y el pasodoble, según Paco Alba"Una cosa es hacer poesía y otra cosa es hacer carnaval"

'Los belloteros', con El Sopa en primer término, durante una actuación. 'Los belloteros', con El Sopa en primer término, durante una actuación.

'Los belloteros', con El Sopa en primer término, durante una actuación.

El Carnaval de 1975 despidió a Paco Alba con otro disgusto en el concurso del Falla, cuyo jurado, siguiendo unos criterios incomprensibles, concedió, en la final que se celebró el 15 de mayo, a su chirigota 'Los belloteros' el primer premio...pero de comparsas. La decisión fue criticada unánimemente, ya que bastaba un vistazo al tipo y al libreto para darse cuenta de cual era el primer premio que le correspondía: "Con er zarandeo/ de la chirigota/ yo me zamarreo,/ me zamarreo y echo bellotas/ Chale ajuera/ te vas ja ensuciá en lo limpio', Paco Alba, ante los argumentos de que la agrupación estaba "demasiado afinada y era fina" se lamentaba: "¿Es que una chirigota tiene que ser necesariamente basta?". Pero en esta ocasión el error no iba a poder ser reparado. A los ocho meses justos, el 15 de enero de 1976, Paco Alba, que tenía entonces 58 años, se iba para siempre, dejando un hueco que, según la opinión mayoritaria, nadie hasta ahora ha podido llenar. Quizás él ya sabía que era su último año y por eso se enfadó tanto cuando ese jurado inexperto no interpretó su intención de quitarle hierro a la despedida con la máscara de una grotesca chirigota, la agrupación de la chufla y la risa por excelencia, en cuyo popurrí no se vislumbrara ni por asomo la tristeza, aunque dijera: "mi corazón/ no quiere marcharse de aquí/ no quiero despedirme con dolor/ y sólo diré adiós".

Tras el fallo del jurado del Falla que concedía a su chirigota un primer premio de comparsa, Paco Alba decidió que ni siquiera iría a recoger el premio. Nadie ha podido aclararme si al fin lo hizo, pero, según sus amigos, ese día cogió una de sus seguidos solitarios en los que daba la vuelta a Cádiz y nadie era capaz de encontrarlo.

A lo mejor se fue a La Caleta y le escribió un último pasodoble que ya nadie cantaría ni tampoco le criticarían sus detractores, a los que siempre contestó con elegancia: "Yo sigo mi camino...". Le acusaron también de contemporizador, pero su suerte prematura nos dejó sin saber qué hubiera escrito con esa pluma de oro que, según dicen algunos, aseguraba que tenía guardada para cuando llegara la democracia.

Sin embargo, a pesar de las limitaciones impuestas por la dictadura, no se recató de demandar en sus coplas mejoras sociales ni de criticar a los poderosos que menospreciaban la vida humana. Despedimos hoy esta serie en la que, año a año, hemos ido descubriendo a un personaje paradójico, que escondía tras una aparente altanería ante los extraños la tremenda timidez que sólo sus amigos y su familia conocían. A lo largo de ella, al menos una cosa ha quedado clara, Paco Alba marcó una línea divisoria en el Carnaval, entre un antes y un después de el.

Hasta qué punto se había propuesto llevar a cabo tamaña revolución es algo que tampoco sabremos nunca. Su legado está en los libretos que han sobrevivido incólumes al paso del tiempo, igual que el cariño y la admiración que siguen profesándole los que le conocieron bien. A él le cedo ya la palabra, recogida en una de las últimas declaraciones que realizó a este periódico antes de abandonarnos. En ellas subrayaba que "aunque algunos se asombren, a mí lo que verdaderamente me encanta es la chirigota" y se lamentaba de que "aquellas de los disfraces de cretona, las caras pintadas con corcho quemado y añil, posiblemente ya hayan pasado a la historia".

"Con dolor de nuestro corazón, pero irreversiblemente. Los nuevos tiempos se imponen. Es una ley de vida". Temía Paco que, al no asimilarse bien esos cambios, se perdiera la chispa, "el chiste del típico cuplé". Su descripción sobre este fundamental componente carnavalesco podría muy bien figurar en un manual: "El cuplé es un chiste que reúne muchas vicisitudes. Hay que exponer con habilidad un argumento en un espacio muy pequeño para arrastrar hasta el final lo que nosotros en nuestro argot denominamos golpetazo. Pero hay que tener tacto y delicadeza, sin perder por ello la frescura, la espontaneidad y la gracia y por esto es a mi entender extremadamente complicado. Se pueden decir cosas picantes, bastante picantes -de hecho yo los tengo así- pero sin lastimar el oído, porque se hacen algunos cuplés que no son ni picantes ni tienen ningún interés y sí lastiman el oído. En cuanto al estribillo, no soy partidario de él en absoluto y las veces que lo he sacado es porque realmente estaba muy encajado en el tipo, pero por lo regular el estribillo mata el chiste y es una perfecta solución al cuplé sin gracia".

Añadía que "el pasodoble es mucho más difícil. Hay que tener cierta técnica, porque al ser más largo es también más melódico".. Sobre las nuevas generaciones de autores que estaban surgiendo opinaba que "muchos adolecen de falta de tipismo. Se empeñan en expresar una terminología totalmente desusada en la fiesta y puede perderse la esencia de lo nuestro. Algunos sacan los pies del plato sin saber hacerlo y pecan de pedantería, porque hay un refrán que dice de músico, poeta y loco todos tenemos un poco, pero una cosa es hacer poesía y otra es hacer Carnaval". Respecto al coro, reconocía que "se ha estancado, quizá en parte por el buen nivel alcanzado por las comparsas. Hay quienes piensan que tengo parte de culpa, pero lo que realmente ha sucedido es que quienes se dedican a hacer cosas para coros se han desanimado por razones de muy diversa índole y es imposible crear con desánimo".

Ya entonces vislumbraba la renovación que esta agrupación experimentaría pasados algunos años, aunque él no lograría verla, cuando señalaba que "el coro es más frío. Las agrupaciones a pie tienen más posibilidad de mímica, de acción".

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