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Enésima infidelidad y divorcio

  • Bronca La afición despide con silbidos e insultos a un Cádiz al que le exige un mayor compromiso dentro del campo

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Se acabó. El cadismo le plantó en la cara los papeles del divorcio a su equipo después de la enésima infidelidad, perpetrada una vez más en la casa de ambos. La historia de amor entre el Cádiz y su afición, después de años de complicidad, había ido perdiendo fuelle a lo largo de la temporada, pero ayer cayó la gota que colmó el vaso y los otrora amantes casi llegan a las manos si no es por la actuación de las fuerzas policiales.

La tarde se avecinaba tensa en Carranza. Media Liga estaba en juego ante un Nástic que no traía buenos recuerdos. La grada se llenó más que nunca en los últimos y difíciles tiempos -15.964 espectadores-, y no fue porque hubiera pizza de gañote, ni porque se regalaran aplaudidores -los silbadores hubieran tenido más éxito-, sino porque los seguidores sabían lo que estaba en juego. Arrancó el partido ante un gran ambiente, pero la cosa se fue enfriando. Los gritos de ánimo que acompañaban a los acercamientos del Cádiz al área rival se tornaban temerosos silencios cuando el Nástic se aproximaba a Limia. El miedo estaba presente, pero no sólo en el graderío, también en el campo. El equipo de Raúl Procopio era un manojito de nervios, pero al menos durante la primera mitad dio la cara. Tras el descanso llegaría la tragedia. Al poco de iniciarse la segunda mitad comenzaron a escucharse barbaridades desde más allá de los límites del campo, y poco después ocurriría un hecho significante. El centro del graderío de Fondo Sur, donde se ubican Brigadas Amarillas, quedaba desierto. La retirada de una bandera nacionalista andaluza provocaba el enfado del bastión cadista, el motor de la animación en el estadio, y sus integrantes cerraban la boca y abandonaban sus localidades. Aunque seguro que ese no sería el único motivo de la espantá de Brigadas Amarillas, algo de culpa tendría lo que su equipo les viene ofreciendo.

El gol del Nástic terminó de desatar la ira del respetable, que emuló a la perfección al publiquito de Mestalla. El 0-2 provocó lo nunca visto en los últimos 15 años: insultos a los jugadores del Cádiz y aplausos y vítores al rival. Los ánimos estaban muy caldeados y al final del partido hubo amago de trifulca gorda en los exteriores de Tribuna, obligando a actuar al cuerpo antidisturbios. Incluso los futbolistas del Cádiz tuvieron que esperar más de una hora para abandonar el estadio por motivos de seguridad.

¿Y ahora qué? Ahora viene La Rosaleda, un campo pintiparado para dar la de cal y robar una rosa -ojo, que tienen espinas- con la que iniciar la reconciliación.

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