Submarino amarillo

Cádiz, la última derrota de Luis

  • Desde noviembre de 2006, cuando perdió en Carranza ante Rumanía y fue tildada de "chirigota" por la grada, no ha perdido la selección hispana, que espera ahora al "asesor cadista" Vicente del Bosque

Comentarios 1

El año del sangangui amarillo, el viejo y los niños nos traen la Eurocopa, alegría a medias para el integrista cadista, recurso de apelación al olvido. Se marchó el fútbol de veraneo, el verano más hermoso que se recuerda, y se antoja el Cádiz como el único equipo de Europa, y parte de África, que aún desconoce las claves de su futuro inmediato. En tierra de nadie, en la tierra de las alegrías y del cenizo balompédico: alzan la Copa un jerezano travieso y un gaditano que nunca militó en el Submarino. Navega el club por procelosas aguas turbulentas, aplaza el fin de los días, sueña con agua tapá y sale a flote a última hora, se moviliza de antemano, y en contramano, pa no perder categoría. Luis Aragonés no pierde desde que jugó en Cádiz. 23 partidos consecutivos sin conocer la derrota. La última vez fue en el estadio Carranza, 15 de noviembre de 2006. Con segundas, la afición se chufleó del pobre juego de la selección, a la que tildó de chirigota. La chirigota de Luis. Siglos más tarde, Muñoz presentó un cuarteto. Mejor dicho, un trío, porque en Cádiz los cuartetos tienen los miembros que les da la gana y porque García Llorón lo endilgó el innombrable, amén del próximo seleccionador nacional, nombrado ya por aclamación impopular, por los de siempre. El Cádiz, pionero en nada, exporta ahora seleccionadores. De asesorar (?) a un club del Sur, cuyas elevadas miras le hicieron perder el Norte, a seguir la estela de Luis, el viejo y el mar, el hombre que venció a la mafia blanca, el míster que prejubiló al fatalismo, que dirá "ahí te quedas" tras sufrir campañas de acoso y derribo, jugarretas de descrédito, intentos de manipulación y todo lo demás. Vaya año. Todavía no ha terminado, al menos al cierre de este texto no había fumata blanca en la casa del horror horroroso, federación del mangoneo. Luis Aragonés, mira por dónde, ha quebrado esquemas y axiomas, tópicos y maldiciones, y ha demostrado, quizá en pirueta del arte de lo posible, que se puede ganar un título, o alcanzar un objetivo, pese a la nefasta gestión de una torpe directiva. "Basta" con buenos jugadores y un entrenador experto que sepa mover las fichas. Pausa para respirar.

España-Rumanía, cero a uno, gol de Marica (abstenerse graciosos). Amistoso churretoso que cogió a la gente ya con la mosca detrás de la oreja y la pagó con Luis y compañía. Venía la selección de ganar a Argentina y de fracasar en el inicio de esta misma Eurocopa. Trajo a muchos suplentes e hizo las consabidas probaturas. No se llenó Carranza, pero quedaron huérfanos muchos semáforos. Año y medio después, los rumanos son legión en Cádiz, por algo visten como el Submarino, amarillo y azul, la última derrota de Luis, que tuvo que escuchar las lindezas propias de la época, ya se sabe, "¡Raúl selección!". Raúl López, claro. El otro no se atrevió a salir la otra noche para entonar junto a Manolo Escobar "dónde estará mi carro". La noche de marras, Luis Aragonés estrenó a Silva. Jugaron: Casillas, Ángel (Sergio Ramos), Juanito, Javi Navarro, Antonio López, Angulo, Xabi Alonso (Senna), Cesc Fábregas (Oubiña), Silva, Villa y Morientes.

Desde entonces, con mucho dolor y sacrificio, mientras que en Cádiz escaseaban la humildad y la paciencia, misión cumplida. Parece mentira. Y Cádiz, en contraflecha permanente, echa un ojito a la marea roja y se deja llevar por otra ola de manifestaciones, pero quizá en contra, en contra de la realidad, sálvese quien pueda. El fútbol mueve montañas, ocio del pueblo entregado a la causa capillita, futbolera y coplera. Diez mil firmas en unos días, envidia de otros colectivos, acaso más necesitados, que pasan fatiguitas para encontrar el apoyo de sus paisanos. Cosas de Cádiz. Cosas de la pelota. Delphi no se ha cerrado; chaparon la General Motors, pero los gachós están como el Cádiz, no se van ni a tiros. Dejarán el marrón. Y se marcharán, si no lo han hecho ya, a Rumanía.

Corren días de quita y pon, camisola roja, camisola amarilla, Luis se va a Turquía y el Cádiz llama a un tal Pejiguero, que se lo está pensando. No, espérate. ¿Dónde está Cádiz? En Segunda, a o b, la mar de lejos. A una levantá del puente Carranza, que en Chiclana ya van por el tercer puente sobre el río Iro, mirá tú qué gracia, y el tío que hace todos los años el calendario dinámico ha llamado tres veces. A ver si nos aclaramos.

Los niños cantan por la calle lo de "¡a por ellos, oé!", y emulan a Casillas y Torres, ajenos al entramado sentimental y económco que tejen las tardes de oficina, y a los mayores no se les borra de la memoria el penalti de Paz. Palo, portero, fuera.

La gente se entretiene contando ovejas, contando internacionales. Siete ha tenido el Cádiz este año, siete pedazos de internacionales: De la Cuesta, el gran Kosowski, Yago Yao, Fleurquin, Gustavo López, Contreras y Bangoura, un tipo con mucha pegada. Salvo excepciones procedentes del río de la Plata, una selección pa las rebajas de verano.

Y ya puestos, piquemos en la memoria virtual, sólo Kiko Narváez fue llamado a las filas de la insurrección, digo de la selección, luciendo la eslástica amarilla. Fue Javier Clemente. Nadie olvida el gol de oro en las Olimpiadas, ni la Eurocopa de Inglaterra, aunque fuera ya en calidad de rojiblanco el legendario delantero. No conviene echar en falta al algecireño Andrés Mateo, Tarzán Migueli, Botubot, Canito, qué decir de Juan José o del más internacional de todos, Jorge González, un gaditano más. Por Carranza, además de esa chirigota que terminó atrapando el título de campeón, han pasado internacionales de tronío como Quino, Oli, Pedraza, el inolvidable y fugaz Enrique Collar y otro Enrique de postín, Montero, portuense del mundo.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios