Una mítica versión de Drácula vista con lupa

  • El profesor y escritor José Abad, experto en monstruos cinematográficos, analiza en su último libro la adaptación del clásico de Stoker con Christopher Lee como vampiro

Un fotograma de 'Drácula', la película de Fisher de 1958. Un fotograma de 'Drácula', la película de Fisher de 1958.

Un fotograma de 'Drácula', la película de Fisher de 1958. / d. s.

Hablar de Drácula es hablar de la inmortalidad, el erotismo, el mal. Un personaje así tiene forzosamente que subyugar y eso hizo la novela de Bram Stoker. Y por extensión, muchas de sus adaptaciones al cine. Entre las más recordadas por los cinéfilos, todo un hito para la iconografía vampírica, fue la versión de 1958, dirigida por Terence Fisher y con Christopher Lee y Peter Cushing encarnando al conde Drácula y al doctor Van Helsing, respectivamente.

En esta película centra su análisis el escritor y profesor de la Universidad de Granada José Abad en su último libro, Drácula. La realidad y el deseo, publicado por Shangrila. Experto en cine, en monstruos y sobre todo en monstruos en el cine, Abad está convencido de que en su novela, hoy mucho más citada que leída, Stoker creó una de esas "criaturas que gozan de más vida o vitalidad que muchos de nuestros congéneres". Y es que "en ocasiones", sostiene Abad en la introducción de su ensayo, "la fuerza de ciertos personajes es tanta que doblegan sin esfuerzo a sus progenitores, los relegan a un segundo plano, a veces incluso borran su rastro del mapa".

En las versiones más castas el personaje ni siquiera tiene colmillos, un símbolo fálico

Igual que ocurrió con Sherlock Holmes y su creador, Arthur Conan Doyle, o Frankenstein y la escritora que le dio vida, Mary W. Shelley, "otro tanto ha sucedido con el conde Drácula, Rey de los Vampiros, Príncipe de las Tinieblas y Estrella Oscura de una apretada constelación de títulos para el cine, la televisión, el cómic, los escenarios, la música y los videojuegos", apunta Abad. "Se diría que este noble transilvano ha estado siempre con nosotros y que quien lo desgajó de las brumas de la pesadilla para clavarlo en la página en blanco no fue sino un mero trámite entre el personaje y el público. Se diría, pero no es así. Toda ficción es hija de su tiempo y Drácula no podía aparecer sino donde apareció, en la Inglaterra de finales del siglo XIX, como proyección perversa de algunos retorcidos miedos de aquella época", explica sobre el germen de la novela.

El profesor comienza su ensayo analizando precisamente el libro que da pie a la obra y aclara el motivo: "No hay vuelta de hoja: antes de que esa imagen a contraluz que los de mi generación identificamos indefectiblemente con Christopher Lee -otros intérpretes lo han incorporado y otros lo incorporarán, pero ninguno dejará una huella tan profunda en nosotros-, antes de hacerse dueño y señor de la pantalla, Drácula fue un puñado de palabras vendimiadas con paciencia por un escritor plenamente integrado en la sociedad victoriana". "Para hablar de Drácula quizás no sea imprescindible hacerlo de Bram Stoker, pero si hemos de empezar esta historia por el principio estamos obligados a recordar a quien seguramente fue la primera víctima del vampiro", relata el autor con su característico sentido del humor.

En este repaso previo de la novela, Abad expone "lo que ha cogido la película de ella y lo que ha dejado", y ofrece varias interpretaciones de la misma desde distintos puntos de vista. "Señalo el elemento religioso, social o político de la novela porque esos son los mismos aspectos que luego analizo de la película", especifica sobre esta obra, que fue un encargo de Rubén Higueras Flores, director de la colección Fantasmagorías.

"La novela en sí es inabarcable, ni siquiera Francis Ford Coppola consiguió una adaptación satisfactoria y la película de 1922, Nosferatu, fue un plagio porque Murnau no pagó derechos de autor. En la versión de 1931, muy casta, Bela Lugosi ni siquiera tiene colmillos, un elemento que el psicoanálisis ha estudiado como símbolo fálico", cuenta sobre el motivo de la elección de este filme, porque ni se planteó analizar otros más recientes como Crepúsculo, en el que el vampiro directamente "es un pánfilo". "El mordisco del vampiro simboliza la penetración. Cuando te encuentras que es un chico que no quiere morder a la chica hasta que no se casen, te das cuenta de que el personaje funciona a medio gas", comenta Abad, quien de las obras cinematográficas recientes sólo destaca Déjame entrar (la original, la de producción sueca) y Stake Land.

"Aunque la de Coppola se vendió como la gran adaptación, a mí me parece más fiel la de Fisher", cuenta sobre la versión de 1958, para Abad "uno de los grandes hitos de la historia del cine". "Me parece de una elegancia extrema, y al mismo tiempo muy osada para la época", afirma antes de recordar que, "por su violencia y por ciertas escenas explícitas, fue tachada de pornográfica". "El espectador acaba siendo un individuo muy conformista, no tiene en cuenta el momento y termina perdiendo de vista la repercusión y la importancia decisiva que tuvo este filme", opina el profesor sobre esta película que en su libro analiza "prácticamente plano a plano, intentando sacar toda la información posible de la puesta en escena, la fotografía, el emplazamiento de cámara, los diálogos...". "He trabajado secuencia por secuencia. He perdido la cuenta de las veces que la he visto...", ríe Abad, para quien ninguna otra película ha sabido exprimir el potencial de la novela como la que ahora coloca bajo su atenta lupa.

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