Una riqueza compartida

  • "Marítima Cádiz, halló en Chiclana huerta y recreo"

Gaditanísima dijo -con acierto y en justicia- Quiñones de Chiclana. Y así, "Gaditanísima Chiclana", tituló Dionisio Montero su conferencia de ingreso en el Ateneo Gaditano hace ya unos cuantos años. Era la percepción que tanto uno como otro tenían de su cuna, y es la percepción que -a poco observador que se sea- sigue teniendo -con acierto también y en justicia- quien pasea las calles del centro de Chiclana, entreverada hasta el tuétano la historia más local -la History y la story igualmente- a la de su capital.

Siendo así, no es de extrañar que el Museo de Chiclana -una aproximación a la Historia de nuestra ciudad y a su memoria más entrañable- remita, a Cádiz de continuo, desde el principio de su recorrido hasta el final, donde la Exposición Permanente del Museo cede paso a la sala de exposición de la Fundación Fernando Quiñones, ¡amplio -y fraternal- concepto de Cádiz y Chiclana!

Apenas tomamos el hilo discursivo que habremos de seguir al recorrer el Museo, hallamos un un claro mapa de la Bahía ante el que, desde hace ya años, hablamos de estas cosas que ahora, tricentenarias, toca.

Guillén Guillén

Guillén

Recordamos a los visitantes que, cuando a la izquierda según se mira -o al oeste- sólo había mar, la mar océana, no teníamos aquí mucho más que sólo peces. Pero que el asunto cambió, y mucho, cuando tras el Atlántico supimos y dijimos América, aquellas Indias Occidentales, descubrimiento mutuo, encuentro con sombras pero con luces, apertura de la mente y el mercado.

En un principio -y Sevilla, aun sin mar, es mucha Sevilla-, la capital hispalense -su puerto fluvial- fue punto de partida y de llegada del mercado ultramarino. Pero dos razones jugaban en contra del Guadalquivir. Una que se esgrime con frecuencia y otra que, más en sordina, dejó notar pronto su peso. Por una lado, el progreso de la ciencia y la técnica lograba cada vez embarcaciones mayores y más adecuadas a la larga travesía y al fin comercial, buenas alforjas, de la misma; la envergadura de estas embarcaciones pronto comenzó a desaconsejar, cuando no a imposibilitar, navegar río adentro y atracar en Sevilla. Por otro lado, un puerto fluvial es muy fácilmente controlable. Mucho. Y no se vio con muy malos ojos desplazar -por una razón y por otra- el puerto para el negocio de las Amércicas de Sevilla a Cádiz, puerto marítimo, sí, y amplísima bahía de más difícil control.

El paso de la Casa de Contratación de Sevilla a Cádiz, y es lo que ahora celebramos, tuvo lugar en 1717, es verdad. Pero, a efectos prácticos, la cabeza de flota para el comercio -y no sólo el comercio- ultramarino andaba ya operando desde Cádiz desde finales del XVII, en torno a 1680 más o menos.

Que en tierra tan de tierra un templo -¡el de la Patrona!- sea conocido como San Telmo, patrón de los mareantes, dice ya bastante. Y mucho también que, hacia finales de la década de los setenta del siglo XVII y principios de los ochenta, conociera gran impulso la construcción -la conclusión más bien- del convento de las Agustinas Recoletas y su preciosa iglesia de Jesús Nazareno. Detrás, claro está, los gaditanos: gaditanos de nacimiento o adopción que en Cádiz hicieron negocio con América y dejaron, alquimias también del cariño eficiente sobre el metal, por aquí su huella.

Marítima Cádiz, halló en Chiclana huerta y recreo. Y aquí pusieron casa -templos y edificaciones más notables al margen- no pocos habitantes de la capital. Aquí pasaron largas temporadas familias gaditanas, contagiándose/contagiándonos, afortunado enriquecimiento mutuo.

Muchas son las huellas de aquel paso, más aún: de aquellas estancias. Muchas también las huellas más evidentes. Por ejemplo, de fachadas de casas burguesas asaltan a cuantos pasean nuestras calles. Las más interesantes edificaciones con solera que aquí tenemos, las casas más bellas, hogares de antaño que nos hablan de algo más que sólo vecindad, de una provechosa intimidad largamente compartida, disolución de fronteras, Gaditanísima Chiclana, Amplia Bahía de Cádiz.

Con un recuerdo de aquella presencia -desde entonces ininterrumpida- culmina el recorrido por el Museo de Chiclana: una amplia muestra de pórticos chiclaneros -muchos de ellos, acceso a hogares aquí gaditanos- que hace años realizó con su proverbial esmero y su paciencia proverbial Rafael Baro.

P.D.-Está previsto que en el último trimestre de 2017, el Museo de Chiclana acoja una Exposición Temporal que se haga eco de este acontecimiento y su huella perdurable.

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