Crítica de Cine

Tres son multitud

Pierre Richard, uno de los pocos atractivos, si no el único, del filme. Pierre Richard, uno de los pocos atractivos, si no el único, del filme.

Pierre Richard, uno de los pocos atractivos, si no el único, del filme.

Una premisa como la de En lugar del señor Stein -a saber, la historia de un viejo viudo y solitario que, tras recibir clases de informática elemental del nuevo novio de su nieta, se adentra en el mundo de las relaciones virtuales y las citas por internet, se echa una novia y utiliza a ese mismo joven para que lo suplante en la conquista a lo Cyrano de Bérgerac- hubiera requerido un tratamiento bien distinto al que le imprime Stéphane Robelin.

Todos los materiales, situaciones y personajes están pidiendo a gritos un vuelo de alta comedia, de comedia loca incluso, que la película elude en detrimento de una lectura roma y apagada, un romanticismo blandengue y una moraleja (sobre la soledad de la tercera edad y las segundas oportunidades en la vida) que echan por tierra casi todo el potencial de su ya de por sí descabellada premisa.

Jugar así con el equívoco, la suplantación, la transferencia del deseo, las situaciones familiares extravagantes y los amores imposibles se nos antoja la estrategia equivocada. Si además le sumamos una plana puesta en escena y las escasas prestaciones del reparto secundario, apenas nos queda como único atractivo ver en acción al veterano Pierre Richard en uno de esos papeles que no sumarán demasiada gloria a su carrera.

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