Encuentro en la tercera fase

Drama romántico, España, 2010, 109 min. Dirección y guión: Julio Medem. Fotografía: Álex Catalán. Música: Jocelyn Pook. Intérpretes: Elena Anaya, Natasha Yarovenko, Enrico Lo Verso, Nawja Nimri.

Habitación en Roma confirma la amanerada y ensimismada deriva hacia la cursilería, para los incondicionales poesía en movimiento, de un cine que otrora cotizó bien alto en los altares del cine de autor nacional capaz de defenderse en los mercados internacionales más exquisitos o exigentes. Si Lucía y el sexo apuntaba el descalabro y, de paso, hacía sospechar que lo anterior era un bluff sobrevalorado no apto para adultos, Caótica Ana se sumía de lleno en el ridículo con su improbable y coyuntural cruce de expiación personal, buen rollo y mensajes libertarios.

Tras la depresión, Habitación en Roma rehace libremente y por encargo una película sencilla y sin demasiadas pretensiones, En la cama, del chileno Matías Bize, para convertir una noche de sexo heterosexual y palabrería cotidiana en un "fascinante-viaje-a-las-profundidades-de-la-sensibilidad-femenina" bajo los sones de irritantes músicas arcanas (¡cuánto echamos de menos a Alberto Iglesias!) y entre suaves tonos de penumbra.

Elena Anaya (que hace de chico, claro) y la debutante Natasha Yarovenko (en el papel de la heterosexual juguetona) se entregan a una velada de sábanas limpias y duchas calientes de la que surgen diálogos sonrojantes entre frases supuestamente líricas, conversaciones banales entre confesiones íntimas y desgarradoras, en un juego de los cuerpos (con el pubis siempre oculto) que, lejos de tomar el contacto con la piel, es observado con una pudorosa mirada de voyeur ilustrado, paradoja de paradojas en una película que, precisamente, vende morbo políticamente correcto (otra cosa bien distinta hubiera sido tener a dos hombres en la cama) como uno de sus principales reclamos.

Incapacitado para filmar el tiempo y el presente, timorato y publicitario a la hora de enfrentarse a los encuentros sexuales o a los tiempos muertos, a Medem no le queda otra que volar lejos de su habitación de plató digital para evocar un imaginario de fantasías femeninas en el que la realidad, el deseo y la palabra dialogan con la historia del arte con mayúsculas (esos cuadros cargados de sentido) o, en un nivel mucho más prosaico, ese que en Medem acaba por asomar siempre más de la cuenta, con las nuevas tecnologías. Nunca hubiéramos imaginado el enorme potencial del Google Earth como prodigioso instrumento de fabulación romántica.

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