Doña Cuaresma

todo un símbolo

 Significativo día el que tuvimos el pasado martes en Cádiz. Un diíta de esos de invierno, con un nortazo pelón, que hacía imposible salir a la calle. Un día típico de Carnaval. El cutre Momo instalado en San Juan de Dios, empujado por el ventarrón, hincó el pico y se fue en busca de un braserito. Todo un símbolo. La representación del Carnaval, por los suelos, por las cañerías. Lo tengo dicho en numerosas ocasiones. El Carnaval de Cádiz es una fiesta de bache y lavadero. Un festejo de mesa de camilla, botella de tinto y, como mucho, papelón de pescado frito. Pero no. Aquí seguimos empeñados en imitar a Río de Janeiro y creer que el invierno de Cádiz es el mismo que en Copacabana. Me alegro.

Únicamente lo siento por esas pobres criaturas de Cádiz, los niños de los colegios. Almas inocentes, a los que profesores carnavalescos disfrazan impunemente de mamarrachos. Esos pobres niños se quedaron sin la fiesta prevista por culpa del tremendo temporal. Criaturitas.

Hay que volver los ojos a Jerez o a Sevilla. Allí celebran sus fiestas cuando llega la primavera, el buen tiempo. El invierno, en esas sabias ciudades, queda para el brasero y para preparar túnicas y costales. 

Cádiz debe aprovechar el verano y celebrar sus festejos en la playa, al aire libre, y el Concurso de Agrupaciones en el faro de Las Puercas. Gran sitio.

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